PARTE 1**
La sangre había comenzado a formar un charco espeso y oscuro sobre la alfombra de lana virgen. Mariana estaba sentada en el suelo de la habitación del bebé, aferrando con una mano el borde de la cuna de caoba y con la otra su vientre aún hinchado. Apenas habían pasado ocho días desde que el pequeño Mateo llegó al mundo: ocho días de insomnio brutal, dolor constante, piel agrietada y un miedo silencioso que se instalaba en su garganta cada vez que la casa quedaba en silencio. Pero esa tarde de viernes, en un exclusivo fraccionamiento de Zapopan, Jalisco, lo que Mariana sentía no era el agotamiento común de una madre primeriza. Era terror. Se estaba desangrando.

—Si te estás desangrando, ponte una toalla y deja de arruinarme el cumpleaños. Esas fueron las palabras de Alejandro, su esposo, sin mirarla a los ojos una sola vez. Estaba frente al espejo del pasillo, ajustando el cuello de su camisa blanca de lino, preparándose para salir. Cumplía treinta años y había rentado una cabaña de lujo en Tapalpa para celebrarlo con sus amigos.
—Alejandro, por favor —suplicó Mariana con la voz entrecortada mientras un hilo de sudor frío le recorría la frente—. Necesito que me lleves al hospital. Me siento muy débil. Veo borroso.
Él suspiró con fastidio, tomó sus gafas de sol de diseñador y se dirigió a la puerta, cuidando de no pisar la mancha roja que se extendía hacia las puntas de sus zapatos de cuero.