Sin techo tras salir de la cárcel, me mudé a una cueva escondida …Ahí fue cuando todo comenzó…
—¿Puedo ayudarla? —preguntó el hombre, secándose las manos en el pantalón mientras me clavaba una mirada dura.
Tardé unos segundos en responder.
Tenía la boca seca. Los pies me ardían por la caminata. El corazón me golpeaba como si quisiera salir corriendo sin mí.
—Aquí vivía mi familia —dije al fin—. Esta era la casa de los Morales.
El hombre frunció el ceño.
Miró hacia la puerta. Luego a los niños que jugaban en el patio. Después volvió a verme como se mira a alguien que trae problemas.
—La compramos hace ocho años —contestó—. A una señora llamada Elvira Morales.
Mi madre.
Sentí que algo dentro de mí se aflojaba de golpe.
No porque la casa ya no fuera nuestra. Eso, en el fondo, ya lo sospechaba. Sino porque la había vendido mientras yo estaba encerrada. Sin decirme. Sin dejarme nada. Sin esperar a que saliera.
—¿Está segura de que es aquí? —preguntó él, más seco todavía.
Saqué la foto arrugada de mi abuelo de la bolsa transparente.
Se la mostré con dedos temblorosos.
—Crecí aquí. Ese árbol lo plantó mi abuelo cuando yo tenía nueve años.
El hombre miró la foto. Su expresión cambió apenas, pero no lo suficiente para abrirme la puerta.
—Lo siento —dijo—. No puedo hacer nada.
Asentí como si me quedara dignidad para regalar.
Me di la vuelta antes de que viera que estaba a punto de derrumbarme.
Caminé sin rumbo por el pueblo, sintiendo las miradas clavarse en mi espalda. Algunas personas me reconocieron. Lo vi en sus ojos. En cómo murmuraban. En cómo apartaban a sus hijos al verme pasar.
Once años después, seguía siendo la mujer que había ido a prisión.
No la que salió.
No la que sobrevivió.
Cuando llegué a la vieja tienda de abarrotes donde mi hermano menor trabajaba de adolescente, encontré a una muchacha acomodando refrescos en una nevera. Le pregunté por él.
Ella soltó una risita incómoda.
—Aquí ya no trabaja nadie de esa familia. Dicen que se fueron al otro lado del valle, donde hicieron casas nuevas.
Casas nuevas.
La frase me atravesó como un hierro caliente.
Casas nuevas para todos.
Menos para mí.
Esa noche entendí que no tenía a dónde ir.
Dormí sentada detrás de la capilla, abrazando mi bolsa contra el pecho, con el frío entrando por la espalda como un cuchillo lento. Al amanecer, un perro callejero se me quedó mirando desde unos metros. Flaco. Quieto. Como si reconociera en mí el mismo tipo de abandono.
Le seguí la mirada hacia los cerros.
Entonces recordé algo que las viejas del pueblo decían cuando yo era niña: que arriba, entre la maleza y las piedras negras, había una cueva maldita donde nadie se atrevía a entrar desde hacía décadas. Decían que quienes se metían oían voces por la noche. Que la montaña guardaba lo que los hombres querían esconder.
Antes me habría reído.
Después de once años en prisión, una cueva maldita ya no me parecía lo peor que me podía pasar.
Subí al cerro con las piernas entumecidas y el estómago vacío. El aire olía a tierra húmeda y ramas rotas. Cada paso me alejaba más del pueblo, de sus murmullos, de su desprecio, de la humillación de haber salido libre para descubrir que nadie me esperaba.
La cueva apareció detrás de un grupo de nopales y piedras altas, como una herida abierta en la montaña.
Oscura.
Silenciosa.
Fría.
Me quedé unos segundos observándola desde afuera. El perro callejero se había quedado más abajo, sin subir. Eso debió advertirme algo. Pero el cansancio puede más que el miedo cuando no te queda nada.
Entré.
Dentro olía a mineral mojado y a tiempo detenido. Había polvo viejo, algunas ramas secas arrastradas por el viento y un rincón que parecía protegido de la lluvia. Dejé mi bolsa en el suelo. Me abracé a mí misma. Cerré los ojos. Por primera vez desde que salí de la cárcel, tenía algo parecido a un refugio.
No era un hogar.
Pero era un sitio donde desaparecer.
Recogí piedras pequeñas y ramas para hacer una fogata. Al mover una roca plana junto a la pared, escuché un sonido distinto. No el golpe seco de piedra contra piedra.
Algo hueco.
Me quedé inmóvil.
Volví a tocar la roca.
Otra vez ese sonido.
La respiración se me cortó.
Me arrodillé y empecé a quitar tierra con las manos, cada vez más rápido. Las uñas se me llenaron de barro. La piel de los dedos se me abrió. Pero seguí.
EL TESTAMENTO DE LA MONTAÑA