Me refugié en un café cerca de la estación Buenavista. Nadie me conocía.
Dejé el celular sobre la mesa. Lo miraba como si fuera un salvavidas.
La vibración de antes no era casualidad.
En el bolsillo del abrigo de Diego acababa de esconder un rastreador diminuto. De esos que se conectan a una app.
Eduardo lo usaba en las maletas cuando viajaba por trabajo. Aquella mañana lo tomé sin pensarlo, empujada por una certeza: mi hijo no estaba actuando solo.
La app mostró primero el panteón. Luego, una línea hacia el centro de la Ciudad de México.
Diego no se quedaba a “hacer duelo”. Iba a algún sitio con el testamento y mis llaves.
Recordé el despacho de Eduardo. La caja fuerte empotrada detrás de un cuadro.
Recordé otra cosa: semanas antes de morir, Eduardo me pidió que guardara en secreto la contraseña de su correo y el número de una caja de seguridad en un banco local.
“Si algún día pasa algo raro, confía en lo que dejé fuera de casa”, me dijo.
En ese momento me sonó exagerado. Ahora era una alarma.
Seguí el punto del mapa hasta la calle Polanco.
Se detuvo frente a una notaría.
Si el testamento era legítimo, ¿por qué ir a otra notaría el mismo día del entierro?
Crucé la calle y miré por el cristal: Diego, Ramírez y una mujer elegante que reconocí al instante. Aunque nunca la había enfrentado: Valeria Sánchez, la socia de Eduardo.
Eduardo juró que era “solo negocios”. Yo lo repetí para no romperme.
No entré. Observé desde fuera.
Vi a Ramírez entregar el sobre. Vi a Diego firmar. Vi a Valeria sonreír, como si ya hubiera ganado.
Luego salieron y subieron a un coche negro tipo SUV.
El rastreador se movió de nuevo. Rumbo a nuestra colonia Roma.
Los seguí en taxi, manteniendo distancia. Hasta verlos detenerse frente a nuestra casa.
Desde la esquina vi cómo Diego abría la puerta con mis llaves.
Entraron.
Yo me quedé afuera, temblando. Imaginando mis cosas dentro, como si ya fueran un botín.
Volví al café y abrí la computadora portátil.
Con la contraseña que Eduardo me dejó, entré en su correo.
Encontré un mensaje programado para el día siguiente, dirigido a mí:
“Mariana, si estás leyendo esto, es porque Diego intentó dejarte fuera. No firmes nada. Ve mañana a la caja 317. Hay una copia del testamento y una declaración grabada”.
Sentí un frío seco en la nuca. Eduardo lo había previsto.
Y eso solo significaba una cosa… alguien llevaba tiempo preparando mi caída.
A la mañana siguiente fui al banco, antes de que abrieran.
Cuando por fin me atendieron, mostré mi credencial oficial y el documento de acceso.
El empleado revisó, asintió y me llevó a una sala privada.
La caja 317 contenía un pendrive, una carpeta con copias notariales y una carta escrita a mano.
Me senté. Porque las piernas me fallaban.
En el video del pendrive, Eduardo aparecía cansado pero lúcido.
“Mariana”, dijo mirando a cámara, “descubrí que Ramírez y Valeria presionaban a Diego. Le prometieron control total de la empresa si aceptaba un testamento nuevo que me vendieron como ‘actualización fiscal’. Me negué.
Si he muerto y Diego te echó, es porque siguieron adelante.