—¡Alma! ¡Alma, por favor!
La voz volvió a quebrarse arriba, ahogada entre el viento y la nieve.
Alma se quedó inmóvil dentro de la madriguera, con la espalda pegada a la piedra y el corazón golpeándole tan fuerte que por un segundo creyó que el ruido iba a delatarla.
Afuera, la tormenta rugía como si quisiera arrancar el monte de raíz.
Otra vez los golpes.
Más desesperados.
—¡Alma, soy yo! ¡No me dejes aquí!
Reconoció la voz al instante.
Era Jacinta.
La panadera del pueblo.
La misma mujer que aquella mañana, en la plaza, había bajado la mirada para no defenderla.
Alma apretó la mandíbula.
No respondió.
Escuchó cómo la mujer resbalaba en la nieve, cómo jadeaba, cómo sollozaba con una desesperación tan cruda que ya no parecía una adulta, sino una criatura perdida en la oscuridad.
—¡Por favor! ¡Se murió gente! ¡Se está muriendo la gente!
Alma cerró los ojos.
Por un instante, vio la plaza otra vez.
Las risas.
La mano de su padre.
El “no tienes casa”.
Y, aun así, algo en su pecho se movió.
No era perdón.
Era otra cosa.
Algo más viejo que el rencor.
Se arrastró fuera de la madriguera, subió con cuidado por la pared del pozo y apartó las ramas secas que había usado para ocultarlo.
Jacinta estaba de rodillas entre la nieve, medio enterrada, con el rebozo empapado, los labios amoratados y las manos ensangrentadas. Tenía la cara desencajada del terror.
Cuando vio a Alma, rompió a llorar.
—Pensé que ya estabas muerta.
Alma no se acercó de inmediato.
—¿Qué pasó?
Jacinta trató de hablar, pero los dientes le castañeteaban.
—La tormenta… empezó más fuerte de lo que creímos. Se metió por todas partes. Tumbo techos. Tapó caminos. La tienda se quedó sin leña en una noche. Los animales empezaron a morir amarrados. Hay niños con fiebre. Gente atrapada en sus casas.
Se llevó una mano al pecho.
—Y anoche… anoche se vino abajo el techo de los Ortega. Los dos chiquitos quedaron enterrados.
Alma sintió un golpe seco dentro del cuerpo.
Jacinta levantó la cara, llena de nieve y lágrimas.
—Nadie sabe qué hacer. El río se congeló en la orilla. Los costales de maíz se humedecieron. La mitad del pueblo está quemando muebles. Y tu padre…
Se quedó callada.
Alma dio un paso al frente.
—¿Qué tiene mi padre?
Jacinta tragó saliva.
—Fue casa por casa diciendo que todo iba a pasar. Que nadie necesitaba salir. Que resistieran. Pero esta mañana… la gente encontró a don Laureano tieso junto al fogón. Y a la mujer de Nicasio abrazando a su bebé muerto.
El viento lanzó una ráfaga tan fuerte que Jacinta casi cayó de lado.
—Ahora todos dicen que tú tenías razón.
Alma no sintió triunfo.
No sintió alivio.
Solo una tristeza tan honda que le vació las piernas.
Porque ya era tarde.
Tal vez demasiado tarde.
—¿Por qué viniste? —preguntó.
Jacinta se secó la cara con la manga mojada.
—Porque tu madre me contó una vez lo del pozo. Años atrás. Dijo que, si algún día alguien necesitaba esconderse del mundo, ahí la tierra todavía sabía proteger.
Alma tragó saliva.
Escuchar a su madre en labios ajenos le apretó algo por dentro.
—¿Cuántos están vivos?
Jacinta negó con la cabeza.
—No lo sé. Hay casas cerradas desde ayer. Nadie responde. La nieve ya tapó media plaza. Algunos quieren bajar al valle, pero el camino desapareció. Otros se quedaron esperando que escampe. Y Tomás…
Otra vez ese silencio.
Más pesado.
Más oscuro.
—¿Qué pasa con Tomás? —dijo Alma, ahora con la voz dura.
Jacinta bajó los ojos.
—Está herido.
Alma sintió que el pecho se le tensaba.
—¿Herido cómo?
—Anoche salió borracho, diciendo que iba a demostrarle al pueblo que no necesitaban consejos de una niña. Quiso cerrar con tablas la bodega comunal… pero una viga le cayó encima. Se arrastró como pudo hasta su casa. Esta mañana lo encontraron con la pierna destrozada y la fiebre subiéndole.
Alma se quedó quieta.
La nieve seguía cayendo.
El mundo entero parecía una tumba blanca.
Jacinta extendió una mano temblorosa.
—Necesitan ayuda, Alma. Tú sabes mirar. Tú sabes guardar. Tú sabes qué buscar en el monte. Si no haces algo… se van a morir muchos más.
Alma la miró largamente.
No era justo.
No era justo que quienes la humillaron ahora vinieran a buscarla.
No era justo que el mismo pueblo que la vio salir sola esa noche ahora la necesitara como si siempre le hubiera pertenecido.
No era justo.
Pero la justicia no calentaba a un niño con fiebre.
La justicia no sacaba a una anciana del hambre.
La justicia no derretía la nieve del techo de una casa a punto de colapsar.
Alma volvió a mirar el pozo.
Su refugio.
Su única certeza.
Luego levantó los ojos hacia la tormenta.
—Si vuelvo —dijo al fin—, no vuelvo como antes.
Jacinta asintió con desesperación.
—Lo que digas.
—No voy a obedecer a nadie.
—Sí.
—No voy a dejar que mi padre decida por encima de mí.
Jacinta tragó saliva.
—Sí.
—Y si veo que solo quieren usarme y volver a callarme cuando pase el peligro… me iré otra vez. Para siempre.
La mujer bajó la cabeza.
—Te lo juro.
Alma no dijo nada más.
Entró al pozo por última vez y reunió lo poco que había logrado salvar: raíces secas, un manojo de ramas, un puñado de nueces, piedras calientes envueltas en tela, la cobija de su madre y el cuchillo viejo.
Cada objeto pesaba como si llevara meses de vida dentro.
Cuando salió, se lo colgó todo al cuerpo y miró a Jacinta.
—Camina detrás de mí. Pisa donde yo pise. No hables si no es necesario.
Bajaron hacia el pueblo entre la nieve brutal, avanzando casi a ciegas.
Alma iba delante, midiendo el viento, esquivando pendientes, recordando cada piedra del camino aunque el blanco lo hubiera devorado todo. No caminaba como una niña. Caminaba como alguien que había sobrevivido sola mientras los adultos se hundían en su soberbia.
Cuando por fin divisaron las primeras casas, Alma sintió el horror cerrársele en la garganta.
San Jerónimo de la Sierra ya no parecía un pueblo.
Parecía el cadáver de un pueblo.
Techos hundidos.
Puertas bloqueadas por nieve.
Corrales vacíos.
Humo débil saliendo de algunas chimeneas, como si hasta el fuego se estuviera rindiendo.
Y un silencio raro.
Ese silencio que solo existe donde el miedo lleva demasiado tiempo respirando.
Apenas la vieron llegar, varios salieron de las casas.
Hombres que se habían reído.
Mujeres que habían fingido no oírla.
Ancianos que bajaron la vista cuando Tomás la expulsó.
Ahora la miraban como se mira el último cerillo en mitad de la noche.
Nadie se atrevió a hablar primero.
Hasta que una voz de niño rompió el hielo.
—Mamá… es ella.
Entonces empezaron los murmullos.
—Volvió.
—Es Alma.
—La muchacha.
—La que dijo la verdad.
Alma no respondió a ninguno.
Fue directa a la plaza.
Había nieve hasta media pierna.
La campana de la capilla estaba congelada.
Junto al kiosco, tres cuerpos cubiertos con cobijas yacían alineados sobre tablas.
Alma apartó la mirada solo un segundo.
Luego se volvió hacia los vivos.
—¿Quiénes pueden caminar? —preguntó.
Hubo un silencio tenso.
Después dieron un paso al frente cuatro hombres, dos mujeres y un muchacho de dieciséis años.
—¿Quiénes tienen fiebre?
Una anciana empezó a llorar. Otra mujer alzó la mano señalando dos casas.
—¿Quiénes tienen comida guardada y no la han compartido?
Nadie habló.
Alma dejó que el silencio se pudriera solo.
Hasta que un hombre rechoncho, dueño de la tienda, dio medio paso atrás.
Eso bastó.
—Bien —dijo ella—. Desde ahora la comida es de todos.
—No puedes ordenar… —empezó él.
Alma lo miró con una firmeza tan seca que el hombre calló a media frase.
—Puedo. Porque tú no supiste hacerlo. Y si seguimos como hasta ahora, mañana no quedará nadie para discutirlo.
Nadie volvió a contradecirla.
Durante las horas siguientes, el pueblo entero se movió bajo su voz.
Alma mandó derribar puertas viejas para usar la madera en las casas con niños pequeños.
Ordenó reunir cobijas, costales, maíz seco y agua limpia en la bodega de piedra, la única construcción que aún resistía sin crujir.
Hizo que los hombres despejaran techos antes de que el peso de la nieve los aplastara.
Mandó a las mujeres más fuertes a calentar piedras y envolverlas para los enfermos.
Separó a los que aún podían trabajar de los que apenas podían respirar.
No gritaba.
No necesitaba gritar.
Había algo en ella más fuerte que la autoridad de cualquier adulto.
Había verdad.
Al caer la tarde, cuando por fin la plaza pareció moverse con algo parecido al orden, una mujer se acercó a Alma con el rostro deshecho.
Era Rosalba, la esposa de don Laureano.
Llevaba los ojos hinchados y una niña de cinco años colgada de la falda.
—Tu padre no deja que entren a su casa —dijo—. Tiene cerrada la puerta con tranca. Está delirando. Dice que no necesita ayuda de nadie. Pero mi marido fue a verlo antes de morir y juró que Tomás escondió costales de frijol y leña mientras todos pasábamos hambre.
La sangre se le heló a Alma.
—¿Qué?
Rosalba asintió, temblando.
—Mi marido lo vio hace dos semanas. Tomás metió provisiones en el sótano viejo de la casa. Dijo que, cuando todo empeorara, los demás aprenderían a respetarlo. Que primero sobreviviría él.
Alma se quedó muda.
De pronto muchas cosas encajaron con una claridad monstruosa.
La violencia.
La terquedad.
Su necesidad enfermiza de callarla frente al pueblo.
No la echó solo por vergüenza.
La echó porque Alma amenazaba su mentira.
Si el pueblo se preparaba a tiempo, él no podría jugar a ser dueño del hambre.
Jacinta, que había escuchado, se llevó una mano a la boca.
—Dios mío…
Alma sintió que las piernas se le llenaban de fuego.
No por tristeza.
No ya.
Por una rabia antigua que por fin tenía nombre.
Sin decir nada, caminó hacia la casa de su padre.
La gente empezó a seguirla.
Primero unos pocos.
Luego más.
Como si el pueblo entero entendiera, al mismo tiempo, que la tormenta de afuera no era la única que los había puesto de rodillas.
La casa de Tomás seguía en pie, aunque media techumbre estaba vencida y la puerta tenía nieve acumulada hasta el marco.
Alma golpeó una vez.
No hubo respuesta.
Golpeó dos.
Tres.
Dentro se oyó un arrastre torpe. Un quejido.
Y después, la voz de su padre, ronca y descompuesta.
—Lárguense… todos… lárguense de mi casa.
Alma apoyó la palma en la madera helada.
—Abre.
Silencio.
Luego una risa seca, enferma.
—¿Alma?
La voz sonó incrédula. Asustada.
—Creí que ya te habías muerto.
Alma cerró los ojos un segundo.
Detrás de ella, el pueblo contenía la respiración.
—No —dijo—. Pero otros sí.
Dentro se oyó un golpe, como si él hubiera intentado ponerse de pie.
—No te atrevas a venir a mandarme en mi propia casa.
Alma miró a los vecinos.
A las viudas.
A los hombres con las manos partidas por quitar nieve.
A los niños pegados a las faldas de sus madres.
Y de pronto ya no era una hija frente a un padre.
Era la verdad frente al hombre que quiso enterrarla.
—Sabemos lo del sótano —dijo.
Del otro lado todo quedó inmóvil.
Ni un quejido.
Ni un arrastre.
Nada.
Fue ese silencio el que confirmó la peor parte.
Los murmullos crecieron detrás de Alma como fuego en rastrojo.
—¿Qué sótano?
—¿Es verdad?
—¿Nos dejó sin comida?
—¿Mientras los niños se morían?
Entonces la voz de Tomás volvió a sonar.
Pero ya no tenía furia.
Tenía miedo.
—Eso… eso era mío.
Alma sintió el mundo detenerse.
Detrás de ella, una mujer soltó un llanto rabioso.
Un hombre maldijo en voz alta.
Y Tomás, desde adentro, con la pierna rota, el orgullo podrido y el pueblo entero escuchándolo por fin, terminó de hundirse solo.
—Yo la guardé. Yo trabajé por eso. No iba a repartirla para que todos ustedes me la quitaran. Nadie me ayudó cuando murió mi mujer. Nadie me ayudó con esa niña. Nadie hizo nada por mí.
Alma sintió un puñal al oírlo decir esa niña.
Ni siquiera ahora podía llamarla hija.
—Así que sí —escupió él desde adentro—. La guardé. Y la eché porque iba a echarme a perder todo.
Nadie respiró.
La nieve seguía cayendo.
Pero el verdadero derrumbe acababa de ocurrir dentro de esa casa.
Alma dio un paso atrás.
Miró a los hombres que estaban detrás de ella.
—Tiren la puerta.
Tomás gritó algo adentro.