PARTE 1
“Fírmalo de una vez, Mariana… no voy a llegar tarde al club por un drama de colonia.”
El comentario de Sebastián de la Vega cayó sobre la mesa como una bofetada. En la sala de juntas privada del piso treinta y ocho, el aire olía a café recalentado, perfume caro y desprecio. Afuera, la Ciudad de México seguía rugiendo entre el tráfico y el smog de media mañana; adentro, todo estaba en un silencio tan pesado que hasta el sonido del aire acondicionado parecía incómodo.
Mariana no levantó la vista cuando él aventó la carpeta con los papeles del divorcio frente a ella. Solo miró la línea de la firma con una calma extraña, como si no estuviera cerrando siete años de matrimonio, sino leyendo el dictamen de una autopsia.
Al otro extremo de la mesa, Ximena, con un vestido entallado y uñas impecables, cruzó las piernas y sonrió con esa crueldad fina que solo tienen algunas mujeres cuando creen haber ganado.
—Pobrecita —dijo, llevándose la copa de agua a los labios—. De esposa de un empresario exitoso a buscar depa chiquito en renta… qué golpe tan feo.
Sebastián soltó una risa seca. Sacó una tarjeta negra de su cartera y la empujó hacia Mariana con dos dedos.
—Ahí tienes cincuenta mil dólares —dijo, mirando su reloj de oro blanco—. Es más dinero del que tenías cuando te conocí sirviendo cafés en aquella fondita de la Narvarte. Tómalo como caridad… o como pago por desaparecer sin hacer escándalo.
Nadie dijo nada. Ni los abogados. Ni la asistente legal, que tenía la mirada clavada en su libreta para no meterse en problemas. Solo un hombre sentado al fondo, junto al cristal polarizado, observaba en silencio. Vestía un traje oscuro, discreto, y estaba tan quieto que parecía parte del mobiliario.
Mariana seguía igual de serena, con un cárdigan gris sencillo y las manos vacías, sin los anillos que alguna vez presumió en revistas de negocios. Parecía exactamente lo que Sebastián quería ver: una mujer ya derrotada, sin brillo, sin fuerza, sin nadie que la defendiera.
Pero por dentro estaba repasando cada noche en la que él no podía pagar nómina y ella había corregido sus presentaciones hasta la madrugada. Cada inversionista que aceptó reunirse con él gracias a una llamada que Mariana hacía a escondidas. Cada peso de sus propios ahorros que fue metiendo en Quantum Loop cuando todos daban la empresa por muerta.
Sebastián tamborileó los dedos con fastidio.
—Tampoco me pongas esa cara —escupió—. Tú nunca perteneciste a este mundo. Nunca aprendiste a vestir, a hablar ni a moverte con gente importante. Siempre fuiste un error que yo intenté arreglar.
Por fin Mariana alzó la mirada. Tenía los ojos secos. Fríos. Peligrosamente tranquilos.
—¿Eso es lo que te repites para poder dormir? —preguntó, con una voz tan firme que hizo voltear a uno de los abogados.
Ximena soltó una carcajada aguda.
—Ay, por favor, firma ya. La Bolsa no se va a detener por una ama de casa fracasada.
Sebastián golpeó la mesa con los nudillos.
—Hoy sales de mi casa, de mi empresa y de mi vida. Así que firma.
Mariana abrió su bolso, sacó una pluma de plástico y comenzó a firmar hoja por hoja sin que le temblara la mano. El rasguño de la tinta fue el único sonido durante varios segundos. Sebastián se recargó en su silla, satisfecho, mientras el abogado principal reunía los documentos.
Ximena ya estaba escribiendo un mensaje en su teléfono, probablemente avisándole a medio mundo que por fin sería la oficial.
Entonces una voz grave tronó desde el fondo.
—Perfecto. Ahora que mi hija ya no está legalmente encadenada a este imbécil, ya puedo decir lo que pienso.
El cuerpo de Sebastián se tensó de inmediato. Mariana cerró los ojos apenas un segundo. Y cuando el hombre del traje salió de la sombra y caminó hacia la luz, el color se le fue del rostro a todos en la sala.
Sebastián lo reconoció antes de poder ponerse de pie.
Era el dueño del edificio.
El inversionista silencioso con la mayor participación oculta en Quantum Loop.
Y el padre de la mujer que acababa de humillar.
No podían creer lo que estaba a punto de pasar…