Fui al refugio a adoptar un solo gato. Pero cuando el otro se aferró a su hermano con una fuerza que me dejó sin aliento, supe que no volvería a casa con uno solo

El plan era sencillo. Un gato. Un cuenco. Un transportín. Una pequeña presencia viva que me recibiera al volver del trabajo.

Por aquel entonces llevaba ocho meses viviendo solo, en un piso de dos habitaciones con paredes finas y una moqueta cansada que parecía estar sucia incluso justo después de pasar la aspiradora. Era el tipo de casa en la que escuchas la cisterna del vecino de arriba y, aun así, por la noche te sientes tan solo que hasta oyes tu propio corazón.

Después del divorcio me había vuelto prudente con todo.

Compraba el café más barato. Mantenía la calefacción más baja de lo que me habría gustado. Me decía que cenar sopa tres noches seguidas era una muestra de responsabilidad, no de tristeza. Y también me repetía que estaba bien.

Esa era la mentira más grande.

Una compañera me dijo un día que debería adoptar un gato. No solo por compañía, insistió, sino por el ritmo. Para tener a alguien que alimentar por la mañana. A alguien que te espere por la noche. Algo que hiciera que volver a casa se sintiera de verdad como volver a casa.

Probablemente tenía razón.

Pero yo conocía mis límites. El alquiler era alto. La compra, cada vez más cara. No estaba en un momento de la vida en el que pudiera permitirme ser generoso ni con el corazón ni con el bolsillo. Así que me impuse una regla sencilla:

  • Un solo gato.
  • Nada de impulsos.
  • Nada de complicarme más la vida.

El refugio estaba en las afueras de la ciudad, en un edificio bajo y sin nada especial, con olor a limpiador, mantas viejas y animales asustados. En recepción, una mujer con aspecto cansado me preguntó qué estaba buscando.

“Un gato tranquilo”, le dije. “Tal vez no muy joven. Uno sereno.”

Ella sonrió con esa expresión que tienen algunas personas cuando entienden enseguida que la vida ya te ha ido puliendo un poco.

Me llevó hasta una fila de jaulas. Algunos gatos se acercaban a las rejas. Otros se quedaban escondidos al fondo. En algunas jaulas había carteles con pocas palabras: bueno con niños, necesita calma, muy cariñoso.

Entonces los vi a ellos dos.

Uno era gris, con el hocico ancho y la oreja izquierda un poco dañada, como si la vida ya le hubiera dado más de un golpe. El otro era más pequeño, color crema, delgado como una toalla doblada, con unos ojos inquietos que no dejaban de mirar a todas partes.

Estaban acurrucados tan cerca que parecían cosidos entre sí.

“Ellos son Mancha y Leo”, dijo la mujer. “Dos hermanos. De la misma camada.”

Asentí, pero por dentro seguía aferrado a mi regla.

Un gato solo.

Mancha, el gris, levantó la cabeza y me miró como si toda mi indecisión fuera una pérdida de tiempo. Leo seguía pegado a él, casi escondido bajo su barbilla.

“¿Cuál de los dos es más sociable?”, pregunté.

“Mancha hace de duro”, respondió ella. “Leo se asusta con facilidad. Pero la verdad es que se tranquilizan el uno al otro.”

Debería haberme detenido allí.

En cambio, abrí la jaula.

Mancha fue el primero en dejarse acariciar. Tenía el pelo áspero en algunas zonas, más suave en otras. En un momento se apoyó apenas en mi mano, como si le molestara necesitar algo pero no pudiera evitarlo. Ese gesto diminuto me atravesó por completo.

“Quizá me lleve a este”, dije.

La mujer acercó el transportín. Yo metí un brazo bajo el cuerpo de Mancha y lo levanté.

Entonces Leo se movió.