PARTE 3
La mañana siguiente amaneció perfecta, como si el cielo no supiera que mi vida estaba a punto de partirse en dos.
Mateo jugaba en la parte baja de la alberca, con sus flotadores puestos, mojándose apenas los brazos. Yo estaba sentada cerca, sin quitarle los ojos de encima.
Rodrigo revisaba su celular. Fernanda grababa historias. Doña Leticia pedía bebidas. Don Ernesto caminó hacia Mateo con esa sonrisa de hombre que cree que asustar a un niño es una lección.
“Quítate esas cosas”, le ordenó.
Mateo retrocedió.
“No, abuelito. Todavía no sé nadar.”
“Los hombres aprenden a la fuerza.”
Me levanté.
“Don Ernesto, déjelo.”
Rodrigo ni siquiera alzó la vista.
“Mariana, por favor. No empieces.”
Don Ernesto arrancó los flotadores de los brazos de mi hijo.
Mateo empezó a llorar.
“Mamá…”
Di un paso hacia ellos, pero Rodrigo me tomó del brazo.
“Déjalo. Mi papá sabe lo que hace.”
Entonces don Ernesto cargó a Mateo.
Y lo aventó a la parte profunda.
El grito de mi hijo todavía vive dentro de mí.
Mateo cayó, salió un segundo tosiendo, agitando los brazos, y volvió a hundirse.
Esperé un instante absurdo, imposible, esperando que su padre corriera.
Rodrigo no se movió.
Fernanda grababa.
Doña Leticia dijo:
“A ver si así se le quita lo chillón.”
Yo corrí y me lancé al agua con la ropa puesta. Nadé hasta Mateo, lo saqué, lo apreté contra mi pecho. Él tosía, temblaba, se aferraba a mi cuello como si el mundo entero quisiera tragárselo.