Los murmullos se extendieron entre los alumnos.
La grabación se reanudó. A las 10:40, el conserje entró con un cubo y una fregona. Movió la silla y levantó ligeramente la bolsa para limpiar debajo. Durante unos segundos, quedó fuera del alcance de la cámara.
—También quisiera revisar las cámaras del pasillo —dijo el coronel a los oficiales—. Necesitamos la secuencia completa.
El rostro de Carmen palideció.
—¿Está diciendo que miento?
—Digo que verifico los hechos —respondió Javier.
Miguel García estaba junto a su hijo. La ira que lo había llevado hasta allí se había transformado en una frialdad controlada.
Uno de los oficiales habló.
—Señora, ¿puede confirmar que llevaba exactamente quinientos euros en efectivo esta mañana?
—¡Eso es absurdo! —protestó—. ¡Es mi dinero!
—En una denuncia por robo, debemos confirmar que la cantidad reportada realmente existía —explicó el oficial con profesionalismo.
No supo qué responder.
El director se aclaró la garganta.
—Carmen… quizás deberíamos manejar esto con cuidado.
—¡Ese chico me ha estado desafiando desde septiembre! —exclamó—. ¡Está socavando mi autoridad!
Miguel dio un paso al frente.
—Se negó a decirle quién publicó comentarios en el chat de la clase. Eso no es un delito.
La declaración resonó en la sala.
El coronel se volvió hacia Alejandro.
—¿Tocaste la bolsa?
—No, señor —respondió el chico con firmeza.
—¿Has tenido problemas previos con el profesor?
Alejandro dudó un instante y luego asintió.
Un profundo suspiro recorrió el aula.
Javier volvió a mirar a Carmen.