PARTE 2: Dante, con voz baja.
—Yo solo le recordé que seguía siendo suya —respondió Elena.
Dante la observó en silencio.
Había algo incómodo en esa mujer.
No le temía, pero tampoco lo desafiaba por orgullo.
Lo miraba como si detrás del poder, la fortuna y la violencia pudiera ver al niño que alguna vez corrió a esconderse cuando escuchó su primer disparo.
Rosa tomó la mano de Elena.
—Mi hijo cree que el miedo mantiene unida a la familia —susurró—.
Yo estoy aprendiendo que el amor también puede hacerlo.
Dante apartó la mirada, pero no respondió.
Fue entonces cuando Elena notó el reflejo en la ventana.
Un punto rojo.
Pequeño.
Temblando sobre el pecho de Rosa.
Por un segundo, el mundo pareció quedarse sin sonido.
Elena no pensó.
No calculó.
No gritó.
Solo empujó a Rosa con toda la fuerza que tenía y se puso delante de ella.
El cristal estalló.
Una bala le atravesó el hombro.
Luego otra.
Y otra más.
Los gritos llenaron el comedor.
Dante volcó la mesa, sus hombres sacaron armas, Rosa cayó al suelo llorando el nombre de Elena, y Elena sintió que el cuerpo ya no le pertenecía.
Había fuego en su pecho, en su costado, en su brazo.
Cinco impactos.
Cinco golpes secos que la arrojaron contra el suelo de mármol.
Dante llegó hasta ella de rodillas.
El hombre que hacía temblar a Chicago tenía las manos manchadas de sangre y los ojos abiertos como un niño perdido.
—No se atreva a morirse —ordenó, con la voz rota—.
¿Me escucha?
No se atreva.
Elena intentó respirar.
Vio a Rosa arrastrándose hacia ella, llorando, besándole los dedos.
—Mi niña… ¿por qué hiciste eso?
Elena quiso decir que no lo sabía.
Que su cuerpo había elegido antes que su mente.
Que, a veces, salvar a alguien no es valentía, sino instinto.
Pero solo pudo susurrar: —Porque usted… todavía quiere vivir.
Luego todo se volvió negro.
La ciudad entera habló del ataque antes de que amaneciera.
Los noticieros mostraron imágenes de ambulancias frente a la mansión Moretti, patrullas cerrando calles, helicópteros sobrevolando la zona más rica de Chicago.
Nadie podía creerlo: una terapeuta sin armas, sin fortuna y sin apellido poderoso se había interpuesto entre una bala y la madre de un jefe mafioso.
En el hospital, Dante tomó el control del piso completo.
Nadie entraba sin pasar por tres filtros de seguridad.
Médicos, enfermeras y policías caminaban con cuidado, como si el dolor de aquel hombre fuera una bomba a punto de explotar.
Elena estuvo ocho horas en cirugía.
Rosa no se movió de la sala de espera.
Rezó con un rosario entre las manos y la mirada fija en las puertas cerradas.
Dante caminaba de un lado a otro, sin decir palabra.
Cada tanto se detenía frente a la ventana, apretaba los puños y respiraba como si estuviera luchando contra algo peor que la rabia.
Cuando el cirujano salió, todos se pusieron de pie.
—Está viva —dijo—.
Pero perdió mucha sangre.
Las próximas cuarenta y ocho...
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