La Terapeuta Recibió Cinco Balas Por La Madre Del Mafioso Más Temido… Pero El Verdadero Objetivo Era Ella

PARTE 3: ocho horas serán críticas.
Rosa se cubrió la boca y rompió en llanto.
Dante bajó la cabeza.
Nadie en esa sala había visto jamás a Dante Moretti agradecer a Dios, pero aquella noche sus labios se movieron en silencio.
Al día siguiente, cuando Elena despertó, lo primero que vio fue un techo blanco y luego a Rosa dormida en una silla, con la cabeza apoyada en la cama.
Dante estaba de pie junto a la ventana.
—¿Mi paciente sigue respirando?
—murmuró Elena con dificultad.
Rosa despertó de golpe.
—¡Elena!
Dante se acercó lentamente, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera romperla.
—Usted salvó a mi madre.
Elena intentó sonreír.
—Entonces mi trabajo de esta semana está cumplido.
Rosa lloró más fuerte.
Dante no sonrió.
Sus ojos estaban rojos.
Tenía la mandíbula apretada y una culpa silenciosa le tensaba el rostro.
—Yo voy a encontrar al responsable —dijo—.
Y cuando lo haga… —No —lo interrumpió Elena, apenas en un susurro.
Dante frunció el ceño.
—No está en condiciones de decirme qué hacer.
—Estoy en una cama con cinco agujeros en el cuerpo, señor Moretti.
Creo que gané derecho a opinar.
Rosa le tomó la mano.
Elena respiró con esfuerzo.
—Si responde con más sangre, esto nunca termina.
Su madre seguirá viviendo con miedo.
Usted seguirá enterrando partes de sí mismo.
Y otra persona inocente acabará pagando por una guerra que no empezó.
Dante la miró como si esas palabras le dolieran más que cualquier amenaza.
—Usted no entiende mi mundo.
—Lo entiendo mejor de lo que cree —dijo Elena—.
Todos los días escucho a personas que sobrevivieron a hombres convencidos de que la violencia era poder.
Pero al final, señor Moretti, todos lloran igual cuando se quedan solos.
Nadie habló.
Rosa apretó la mano de su hijo.
—Dante… ya basta.
Él no respondió.
Pero por primera vez en años, no apartó la mano de su madre.
Durante los días siguientes, Chicago contuvo el aliento.
Todos esperaban una masacre.
Rivales escondidos, aliados nerviosos, policías preparados para una guerra en las calles.
Si alguien había disparado contra Rosa Moretti, Dante no iba a perdonarlo.
Pero Dante hizo algo que nadie esperaba.
No atacó.
Investigó.
En silencio.
Usó cámaras, registros de llamadas, cuentas bancarias, viejas deudas y traiciones guardadas bajo llave.
Durante años, había gobernado con miedo.
Ahora, por primera vez, buscaba la verdad antes de elegir el castigo.
Y la verdad llegó una noche lluviosa, cuando su hombre de confianza, Marco Bellini, entró en su oficina con el rostro pálido.
—Dante… encontramos al intermediario.
Dante levantó la vista.
—¿Quién pagó?
Marco tragó saliva.
—Tu tío Enzo.
El silencio cayó pesado.
Enzo Moretti había sido como un segundo padre para Dante.
Sonreía en las fiestas, abrazaba a Rosa, bendecía negocios y hablaba de lealtad con una copa de vino en la mano.
Era familia.
Sangre.
—¿El objetivo era mi madre?
—preguntó Dante, con una calma peligrosa.
Marco bajó la mirada.
—No.
Dante no se movió.
—Repítelo.
—El disparo no era para Rosa.
—¿Entonces