La Mesera Calmó al Perro Asesino del Jefe Mafioso… Pero Descubrió que la Verdadera Bestia Dormía Dentro de la Mansión

PARTE 3: porque si miraba a la gente quizá empezaría a llorar.
Acaricié muy despacio el costado de su cuello.
“Buen chico,” dije.
“Solo estabas asustado.” Cuando levanté la vista, Alejandro Valcárcel me miraba como si yo acabara de abrir una puerta que él llevaba años manteniendo cerrada.
Esa noche, después de que todos fingieron volver a cenar, Alejandro pidió hablar conmigo.
El gerente casi se arrodilló de emoción.
“Lucía, el señor quiere verte.
Sé amable.
Muy amable.” Lo encontré en el pasillo lateral, junto al ventanal.
Dante estaba sentado a su lado, tranquilo, pero no apartaba sus ojos de mí.
“¿Dónde aprendiste eso?” preguntó Alejandro.
“Mi papá rescataba perros.” “Dante no deja que nadie lo toque.” “Tal vez nadie le ha preguntado si quería ser tocado.” Sus ojos se endurecieron un segundo, como si mi frase hubiera entrado demasiado profundo.
“¿Sabes quién soy?” “Todos aquí parecen saberlo.” “¿Y no tienes miedo?” Miré a Dante.
Luego miré a Alejandro.
“Sí.