—¿Hablas italiano? —preguntó Bianca, ahora en español.
—Sí, señora. Mi abuela nació en Palermo. Ella me enseñó.
Por primera vez en toda la noche, Bianca sonrió.
—Entonces tráeme lo que pediría una abuela italiana cuando extraña su casa.
Valeria inclinó la cabeza.
—Le traeré sopa de tomate con albahaca, pasta fresca con salsa sencilla y pan caliente. Nada presumido. Solo comida que abraza.
Mateo la miró como si acabara de escuchar algo que nadie en su mundo sabía decir.
Camila soltó una risita seca.
—Qué poético. Pero no olvides el agua mineral.
Valeria se retiró sin perder la sonrisa, aunque sintió el filo del desprecio. Esa noche, sin embargo, no sería una cena cualquiera. Algo en la mirada incómoda de Mateo, en la ternura inesperada de Bianca y en la soberbia de Camila le advirtió que, antes de terminar el servicio, una verdad escondida iba a romperse sobre aquella mesa como una copa contra el piso.
Durante la cena, Camila habló casi sin respirar. Habló de París, de joyas, de una fundación que llevaba su apellido y de lo “agotador” que era encontrar empleados competentes. Cada comentario iba envuelto en una sonrisa perfecta, pero Valeria sabía reconocer la crueldad elegante: esa que no grita, pero humilla igual.
—Mateo y yo estamos planeando algo grande —dijo Camila, apoyando una mano sobre el brazo de él—. Nuestros padres creen que sería una unión conveniente.
La palabra conveniente cayó pesada.
Mateo no respondió. Bianca observó a su hijo en silencio.
Valeria llegó con la sopa. Al colocar el plato frente a Bianca, la señora aspiró el aroma y sus ojos se humedecieron.
—Mi madre hacía una sopa así cuando mi padre murió —susurró en italiano—. Yo tenía dieciséis años.
Valeria contestó también en italiano, casi en voz baja:
—Entonces esta noche ella se sentará con usted un momento.
Bianca apretó la servilleta.
Mateo la miró con una mezcla de sorpresa y gratitud. Camila, en cambio, endureció la mandíbula.
—Qué confianza tan curiosa tiene el personal aquí —dijo.
Valeria dio un paso atrás.
—Disculpe si la incomodé, señorita.
—No me incomodas. Solo me sorprende cuando alguien no sabe cuál es su lugar.
Mateo dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Camila.
—¿Qué? —ella sonrió—. No dije nada malo. Solo hay niveles, Mateo. Tú lo sabes mejor que nadie.
Valeria sintió que el rostro le ardía, pero no contestó. Había aprendido que, a veces, la dignidad consiste en no regalarle al arrogante la reacción que busca.
Más tarde, mientras recogía unas copas cerca de la barra, escuchó voces detrás del pasillo que llevaba a los baños privados. No quería escuchar. De verdad no quería. Pero reconoció la voz de Camila, aguda y molesta.
—Ya hice mi parte, papá. Bianca está encantada con la idea de la boda. Mateo se resiste, pero se le va a pasar.
Hubo una pausa. Luego Camila bajó la voz.
—No, no me importa si sigue pensando en esa doctora de la clínica. Una esposa adecuada soy yo. Además, cuando firmemos lo del fideicomiso, los Moretti no podrán echarse atrás.
Valeria se quedó inmóvil.
—Sí, claro que tengo las fotos —continuó Camila—. Si Mateo se pone romántico, le enseñaré a su madre las pruebas de que la doctora aceptó dinero. Nadie va a creerle a una mujer común contra mí.
A Valeria se le helaron las manos.
No entendía todo, pero sí lo suficiente. Camila estaba manipulando a Mateo. Tal vez había otra mujer. Tal vez alguien inocente. Y la heredera del vestido rojo estaba usando dinero para comprar algo que nunca se vendía limpio: un corazón.
Valeria quiso alejarse, pero al girar chocó con una charola. Una cuchara cayó al piso.
El silencio del pasillo fue inmediato.
Camila apareció segundos después. Sus ojos brillaban de furia.
—¿Estabas escuchando?
—Se me cayó una cuchara.
—No te hagas la tonta.
Valeria tragó saliva.
—Tengo trabajo, señorita.
Camila se acercó tanto que su perfume caro le cerró la garganta.
—Escúchame bien. Una palabra de esto y mañana no solo pierdes tu empleo. Tu madre perderá la cama del hospital que mi fundación paga.
Valeria sintió que el mundo se le movía bajo los pies.
—¿Qué dijo?
Camila sonrió, satisfecha de haber encontrado la herida.
—Ay, ¿no sabías? La clínica Santa Clara recibe donativos de mi familia. Sería una pena que revisaran ciertos apoyos y decidieran que algunas pacientes ya no califican.
Valeria apretó los puños, pero no dijo nada. Camila regresó a la mesa como si acabara de pedir otro postre.
Esa noche, Valeria sirvió en silencio. Cada paso le dolía. No por ella, sino por su madre, que dormía conectada a una máquina en una habitación blanca, creyendo que el mundo aún tenía gente buena.
Cuando la cena terminó, Mateo se quedó atrás mientras Bianca y Camila salían hacia el auto. Él dejó una propina demasiado generosa sobre la mesa.
—Gracias por atender a mi madre con tanta delicadeza —dijo.
Valeria miró el dinero, luego a él.
—No puedo aceptar esto.
—¿Por qué?
Porque su vida está siendo comprada y usted ni siquiera lo sabe, quiso decir. Pero el miedo le cerró la boca.
—Porque a veces el dinero no arregla lo que realmente duele.
Mateo frunció el ceño.
—¿Está todo bien?
Valeria sostuvo su mirada. Había cansancio en sus ojos, pero también una bondad triste. Pensó en Camila. En la amenaza. En su madre.
—Pregúntele a Camila por la doctora de la clínica —susurró al fin—. Y por las fotos.
Mateo se quedó quieto.
—¿Qué fotos?
Valeria bajó la vista.
—No puedo decir más aquí.
Antes de que él respondiera, Camila apareció en la puerta.
—Mateo, vámonos.
La mirada de Camila cayó sobre Valeria como una promesa de castigo.
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