Los pasos comenzaron a acercarse sobre la grava húmeda con una lentitud calculada, como si quienes venían supieran que el miedo también puede abrir puertas.
Yo no me moví.
Ni respiré.
Solo apreté a Carlitos contra mi pecho y levanté una mano para que Tomás y Lupita guardaran silencio.
Afuera, la linterna dibujó una franja amarilla sobre las piedras de la entrada y luego desapareció.
—No puede estar lejos —dijo una voz ronca.
Era uno de los hombres del rancho.
—La mendiga subió por aquí —murmuró don Roque—. La vi cargar el costal. Y vi la moneda. Esa plata salió de aquí arriba.
Otro escupió.
—Don Erasmo quiere saber cuánto vio.
Me recorrió un frío más feroz que el de la sierra.
No preguntaban cuánto había tomado.
Preguntaban cuánto había visto.
Entonces entendí que el tesoro no era el verdadero peligro.
El verdadero peligro era la historia enterrada alrededor de él.
Tomás me miró en la oscuridad. Sus ojos, demasiado grandes para un niño, me preguntaban lo que su boca no se atrevía a decir.
Me incliné hasta su oído.
—Si entran, agarras a tu hermano y no lo sueltas. Pase lo que pase.
Asintió sin temblar.
Afuera crujió la puerta torcida de la construcción abandonada.
Luego otra vez.
Luego el golpe seco de una culata contra la madera.
Entraron.
Escuché pasos, ramas movidas, una maldición ahogada. Después el silencio.
Un silencio peor que el ruido.
Porque el silencio de los hombres armados significa que encontraron algo.
—Aquí está abierta —dijo uno al fin.
Se me cerró el pecho.
—Te dije —susurró don Roque, y hasta en la oscuridad pude sentir la avaricia en su voz—. La estúpida bajó.
El segundo hombre soltó una risa breve.
—Pues ya no importa. Se acabó la suerte de la viuda.
Los pasos salieron de la ruina y empezaron a venir hacia la gruta.
Yo sabía que, si nos quedábamos allí, nos encontraban.
Miré alrededor con desesperación.
La cueva no tenía salida.
No había dónde esconder tres cuerpos pequeños.
Entonces mis ojos se clavaron en una grieta angosta al fondo, detrás de unas piedras caídas. No la había visto en la noche. Era apenas una hendidura entre la roca, medio tapada por maleza seca y tierra suelta.
Nos arrastramos hacia allá.
Tomás fue primero, empujando a Lupita.
Yo metí a Carlitos como pude.
La grieta daba a un hueco estrecho, apenas suficiente para los niños. Quedaban ocultos si uno no se acercaba demasiado.
—No salgan hasta que yo diga —les susurré.
Lupita empezó a llorar sin sonido.
Le tapé la boca con suavidad y besé su frente.
Después me incorporé justo cuando la sombra de un hombre cubría la entrada de la gruta.
—Mira nomás —dijo—. Sí está aquí.
La luz de la linterna me dio de lleno en la cara.
Levanté el brazo para cubrirme.
Don Roque entró detrás de los otros dos, jadeando por la subida. Ya no tenía cara de tendero. Tenía cara de animal nervioso.
—¿Dónde está lo demás? —preguntó sin saludar.
No contesté.
Uno de los peones, alto, con cicatriz en la ceja, me agarró del brazo y me puso de pie de un tirón.
—Te habló.
—No sé de qué me hablan —dije.
La bofetada me reventó el labio.
Caí de rodillas.
Carlitos hizo un ruido mínimo dentro de la grieta, un sonido tan pequeño que solo yo lo reconocí. Sentí que el alma se me desprendía.
El peón de la cicatriz volvió a sujetarme del cabello.
—Encontraste la bodega vieja. Sacaste plata. ¿Cuánto viste?
—Solo unas monedas.
Don Roque se agachó frente a mí.
—No mientas, Catalina. Ahí abajo hay más que monedas.
Lo miré con odio.
—Entonces bájele usted y saque lo que quiera.
Sus pupilas se encogieron.
No quería bajar.
Ninguno quería.
Eso me dio una pista.
—¿Por qué no lo hace? —escupí sangre a un lado—. ¿Le da miedo?
El hombre de la cicatriz me apretó más fuerte el cabello, pero don Roque levantó la mano para detenerlo.
—No es miedo —dijo, bajando la voz—. Es respeto por los muertos.
En ese instante llegó otro jinete.
Escuchamos primero el caballo, luego el resuello, luego las botas saltando a tierra.
Los tres hombres se pusieron tensos.
Una silueta llenó la entrada.
No necesitaba verla bien para saber quién era.
Don Erasmo Villarreal.
Entró sin prisa, con su abrigo oscuro, sus espuelas limpias y esa calma insoportable de los hombres que han vivido demasiado tiempo convencidos de que la vida ajena les pertenece.
Miró mi cara golpeada, luego alrededor de la gruta, como si inspeccionara una propiedad dañada.
—Déjenla —ordenó.
El peón me soltó.
Caí al piso.
Don Erasmo se agachó apenas lo suficiente para quedar a mi altura.
—Catalina… yo te conocí como una mujer decente.
La rabia me subió como fiebre.
—Y yo a usted como el hombre que dejó huérfanos a mis hijos por diez miserables pesos.
Sus ojos no cambiaron.
Pero vi algo.
No culpa.
Fastidio.
—Tu marido murió trabajando. Son accidentes que pasan.
—No. Los accidentes no le quitan el jacal a una viuda a la semana. Los hombres sí.
Don Roque hizo un gesto nervioso.
Don Erasmo ni lo miró.
—Lo que hayas encontrado en esa ruina no te pertenece —dijo—. Fue enterrado mucho antes de que nacieras. Mucho antes de que San Isidro existiera como pueblo.
—Entonces menos le pertenece a usted.
Una sonrisa mínima se dibujó en sus labios.
No era una sonrisa de alegría.
Era la sonrisa de alguien que ya decidió hacer daño.
—Lo que está enterrado en esta sierra pertenece a quien puede defenderlo.
Me incorporé como pude.
—Pues defiéndalo usted solo. Yo nomás tomé una moneda para darles de comer a mis hijos.
Ese fue el error.
La palabra hijos.
Sus ojos se movieron apenas, hacia el fondo de la gruta.
No vio la grieta.
Pero vio mi miedo.
Y los hombres como él huelen el miedo igual que los lobos huelen la sangre.
—Registra todo —ordenó.
Se me detuvo el corazón.
Los peones empezaron a mover piedras, zarapes, costales. Uno avanzó hacia el fondo.
Yo me lancé sobre él con una fuerza que no sabía que me quedaba. Le mordí la mano cuando intentó apartarme. Gritó. Me golpeó en las costillas. Sentí que algo se me aflojaba por dentro, pero no solté.
—¡Fuera de aquí, perra! —rugió.
Don Erasmo dio un paso al frente.
—¿Dónde están?
Ya no fingía.
Ya no hablaba de plata.
Hablaba de mis hijos.
Escuché un gemido diminuto detrás de la grieta.
No sé de dónde saqué la voz.
—¡Corran!
Tomás entendió antes que nadie.
Salió disparado desde la abertura jalando a Lupita. Carlitos salió a rastras detrás. Los peones se volvieron hacia ellos. La gruta estalló en gritos. Yo me colgué del hombre más cercano. Tomás agarró una piedra y se la estrelló en la rodilla a don Roque. El tendero cayó chillando.
—¡Al monte! —grité.
Los niños corrieron hacia afuera.
Yo también quise, pero el peón de la cicatriz me sujetó por la cintura. Me arrastró hacia atrás. Pateé, arañé, clavé uñas, pero era como pelear con una pared.
Entonces sonó un disparo.
El ruido reventó dentro de la cueva.
Todos se congelaron.
No me habían disparado a mí.
Tampoco a mis hijos.
El peón que me sujetaba soltó un grito y cayó con la mano ensangrentada. En la entrada estaba Tomás, pálido como la muerte, sosteniendo una pistola vieja con las dos manos.
La misma pistola oxidada que yo había visto horas antes, olvidada en un rincón del sótano, junto a unas cajas y unos papeles amarrados con cuero.
No sabía que la había guardado.
No sabía que había tenido el valor de cargarla.
No sabía que mi hijo de nueve años estaba apuntando a hombres adultos con una mano que le temblaba y aun así no bajaba.
—¡Suéltela! —gritó Tomás con voz rota—. ¡Suéltela o le vuelvo a tirar!
Nadie se movió.
Ni yo.
Ni don Erasmo.
La escena era tan absurda y tan real que el tiempo se quebró en dos.
Don Erasmo fue el primero en reaccionar.
—Esa arma no tiene más de una bala, muchacho.
Tomás tragó saliva, pero no la bajó.
—Pues entonces no la voy a gastar con cualquiera.
Algo cambió en la cara del viejo.
Por primera vez dejó de mirar a un niño.