La nueva esposa de mi exmarido apareció en la casa de mi padre justo después de que lo enterraran y me dijo: “Empieza a empacar.” Mientras yo estaba podando las rosas del jardín, la dejé hablar… hasta que cometió el error que la destruiría

PARTE 2

La licenciada Lourdes llegó media hora después con su portafolio negro y una bolsa de pan dulce, como si todavía fuera una de esas tardes en que venía a tomar café con mi papá en el estudio.

Nos encerramos ahí, entre libreros viejos, olor a madera y una foto de mi padre con su sombrero de palma en Tequisquiapan. Yo seguía sosteniendo el sobre como si quemara.

“No quisiste abrirlo sola”, dijo Lourdes con voz suave.

Negué con la cabeza.

“Me dio miedo lo de Diego.”

Ella suspiró.

“Tu papá sabía que ese sería el golpe más duro.”

Rompí el sello con cuidado. Dentro había una carta y una llave pequeña de latón.

“Hija”, leí en voz alta, y sentí que se me cerraba la garganta. “Si estás leyendo esto, es porque alguien ya vino a querer quitarte lo que no pudo ganarse.”

Me cubrí la boca.

“Yo conocí a Vanessa desde el primer día”, continuaba la carta. “Sonreía como reina de revista, pero miraba como cobrador de banco. Nunca le creí nada.”

La licenciada Lourdes soltó una risa triste.

“La llave abre el último cajón de mi escritorio. Ahí está lo que necesitas. Recuerda lo que te enseñé con el ajedrez: a veces hay que dejar que un peón avance para proteger a la reina.”

Metí la llave en el cajón. El clic sonó demasiado fuerte en la habitación.

Dentro había un sobre manila grueso y una memoria USB negra. Al abrir el sobre, cayeron fotografías, estados de cuenta, correos impresos y recibos marcados con plumón amarillo.

Una foto mostraba a Vanessa en el estacionamiento de un restaurante de Polanco entregándole un sobre a un hombre desconocido. Otra mostraba a Roberto entrando a un despacho de abogados que no era el de Lourdes. También había depósitos a cuentas que no reconocí.

“¿Mi papá investigó todo esto?”

“Contrató a un investigador privado después de que le contaste lo de la infidelidad”, dijo Lourdes. “No porque quisiera meterse en tu vida, sino porque sabía que Roberto no actuaba solo.”

Tomé la memoria USB.

“¿Qué hay aquí?”

“Un video de Vanessa intentando sobornar a la enfermera de cuidados paliativos de tu papá para que le filtrara información del testamento.”

Sentí náuseas.

“¿La enfermera aceptó?”

“No. Avisó de inmediato. Tu papá grabó una declaración por si Vanessa se atrevía a impugnar el testamento.”

Entonces Lourdes sacó otra foto. Era Diego sentado frente a Vanessa en un restaurante elegante. Él tenía la cara pálida, como si acabara de ver un fantasma.

“Ella le ofreció dinero a tu hermano”, dijo Lourdes.

“¿Cuánto?”

“Cinco millones de pesos por declarar que tu papá ya no estaba lúcido cuando cambió su voluntad.”

Me quedé helada.

“Entonces Diego sí me traicionó.”

La puerta se abrió antes de que Lourdes pudiera responder. Diego entró con los ojos rojos y una carpeta de piel en la mano.

“No”, dijo con voz quebrada. “Fingí que los ayudaba.”

Me levanté furiosa.

“¿Fingiste? ¿Y por qué no me dijiste nada?”

“Porque si Vanessa sospechaba, se escondía. Papá me pidió que la dejara hablar.”

Diego puso su celular sobre el escritorio y reprodujo un audio. La voz de Vanessa llenó el cuarto.

“Cuando el viejo muera, tú dices que ya no estaba bien de la cabeza. Roberto reclama la casa y Mariana se queda sin nada.”

Luego se escuchó la voz de Roberto, la misma voz con la que alguna vez me juró amor en una iglesia de Puebla.

“Mariana siempre creyó que todo le correspondía por ser la hija favorita. Ya es hora de que aprenda.”

Me ardieron los ojos, pero no lloré.

Diego abrió su carpeta. Había estados de cuenta de la empresa familiar, transferencias ocultas, facturas falsas y nombres de proveedores inexistentes.

“Vanessa robaba desde antes de que Roberto dejara la casa”, dijo. “Se acercó a él para entrar a la familia. La aventura no fue romance. Fue estrategia.”

Lourdes acomodó los papeles y me miró con una calma que me dio miedo.

“Mañana, durante la lectura, parecerá que Roberto y Vanessa reciben una parte enorme de la herencia.”

“¿Qué?”

“El codicilo de tu papá dice que, si aceptan esa parte, aceptan también una auditoría completa y la entrega automática de estas pruebas al Ministerio Público.”

Entendí entonces la jugada.

“Mi papá les puso la mesa para que se condenaran solos.”

Diego bajó la mirada.

“Y hay algo peor. Vanessa no se llama Vanessa.”

La sangre se me fue de la cara.

“Su nombre real es Mónica Salcedo. Ya la investigan por fraude en Jalisco.”

En ese momento supe que la lectura del testamento no sería una despedida.

Sería una trampa, y ellos iban caminando felices hacia ella.