La primera vez que acompañé a mi jefe a un viaje de trabajo, nunca imaginé que… terminaría durmiendo a su lado en la misma cama.

 

Cuando desperté, supe que estaba acabada. Entré en pánico al instante e intenté arreglar la situación, como si nada hubiera pasado.

—Licenciado… yo… mejor finjamos que entre nosotros no pasó nada. Estoy bien, de verdad, no voy a tomarlo a mal —dije con la voz temblorosa.

¿Y el resultado?

Mi jefe, ese hombre siempre serio y más frío que el hielo, de pronto puso una expresión… ¿herida?

Me tomó de la muñeca, y en su voz había un claro reproche:

—¿Por qué? Después de lo que pasó anoche entre nosotros… ¿vas a salir corriendo y dejar de lado tu responsabilidad conmigo?

01

Desperté sintiendo que el mundo se me venía encima.

Muy despacio, miré mi cuerpo bajo las sábanas… no traía absolutamente nada puesto.

Después volteé hacia el hombre que estaba de espaldas a mí, de pie frente al ventanal de piso a techo mientras fumaba un cigarro. Era mi jefe: Rafael Alcázar.

Todo mi cuerpo se quedó rígido sobre la cama.

Dios mío, ayúdame.

¿En qué demonios me metí?

¿No se suponía que yo había reservado una habitación estándar? Entonces… ¿cómo terminé ahí, en la Suite Presidencial de mi jefe, en lo alto de un hotel de lujo sobre Paseo de la Reforma, en Ciudad de México?

Me moví debajo de la sábana, temblando de nervios. Rafael escuchó el leve ruido y se giró despacio.

Su voz era grave y profunda, igual que siempre, de esas que imponen respeto y tienen un extraño encanto que pone la piel chinita.

—Ya despertaste.

Me cubrí el rostro, que me ardía de vergüenza, y apenas logré responder:

—S-sí, licenciado.

¿Por qué estaba tan tranquilo?
¿Por qué actuaba como si nada?

Por dentro rechinaba los dientes del puro estrés.

—Ya que despertaste, desayuna primero. Pedí servicio al cuarto.

—Ah… sí, claro.

Si él estaba calmado, yo también tenía que aparentar calma. Pero la verdad era que por dentro estaba gritando, revolcándome del pánico.

¿Él… todavía podía ofrecerme desayuno como si esta fuera una mañana normal?

¡Esto era rarísimo!
¡Completamente anormal!

¿De verdad este era mi jefe en la oficina? ¿El mismo hombre siempre serio, de pocas palabras, al que ni siquiera me atrevía a mirar directamente del puro respeto? ¿El famoso “Rey de Hielo” de la empresa?

Mientras lo observaba disimuladamente, busqué mi ropa con la mirada. Entonces Rafael me lanzó una bata.

Y fue ahí cuando me di cuenta de algo…

Él también traía una bata puesta.

¿Y nuestra ropa?

Estaba tirada por todo el piso, como si hubiera pasado un huracán.

Ya no pude seguir mirando ese desastre. Me puse la bata a toda prisa, sin volver a verlo, y corrí directo al baño.

—V-voy a lavarme la cara.