De pronto, escuchó 1 ruido arrastrado, como si alguien arrastrara 50 kilos de plomo por el suelo de terracota. La puerta se abrió escasos 10 centímetros, retenida por 1 gruesa cadena de acero. En esa pequeña rendija apareció 1 rostro demacrado. Era 1 hombre de unos 35 años, con 1 barba desaliñada de 4 semanas que oscurecía sus mejillas hundidas y pálidas. Sus ojos, rodeados de 2 ojeras profundas, carecían de brillo. Llevaba 1 camisa de manta empapada en sudor frío. El olor que escapó de la casa era 1 mezcla asfixiante de medicinas amargas, humedad y fiebre.
—¿Qué se le ofrece? —Su voz sonó como papel de lija, rota por la inactividad y la enfermedad.
Julia tragó saliva, reuniendo el último aliento de dignidad que le quedaba en su cuerpo de 55 kilos.
—Mi nombre es Julia. Necesito hablar con el dueño de esta hacienda.
—Habla usted con Gustavo. Y no recibo a nadie. —Intentó cerrar la pesada puerta, pero le faltaron fuerzas.
—Tengo 1 propuesta —dijo ella, alzando la voz 1 tono más—. No soy visita. Perdí mi casa hace 2 meses. Vi su propiedad y me di cuenta de que necesita ayuda urgente.
—Apenas puedo mantenerme sobre mis 2 piernas, muchacha. Las labores del rancho están detenidas hace 6 meses. No tengo dinero para pagarle a 1 empleada.
—No pido dinero. Pido
Julia se asomó por la ventana, ocultándose detrás de 1 pesada cortina de terciopelo desgastado. Afuera, de 1 camioneta Ford oxidada, bajó 1 hombre corpulento de unos 60 años, vestido con 1 traje de charro impecable y botas de piel de cocodrilo. A su lado, 1 matón armado con 1 rifle vigilaba el perímetro. Gustavo, arrastrando los pies y apoyándose en 1 bastón de madera, salió al balcón sudando profusamente.
—¡Ahijado querido! —exclamó el hombre mayor con 1 sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Te veo peor que hace 1 semana. Esa enfermedad te está consumiendo, muchacho.
—Tío Ramiro… —murmuró Gustavo, tosiendo 2 veces y llevándose 1 pañuelo a los labios—. Sigo tomando las gotas que me mandaste desde la capital, pero la debilidad no me suelta.
—Es cuestión de tiempo, Gustavo. Los doctores dijeron que era incurable. Vengo a traerte otros 2 frascos de la medicina y a insistir en el papeleo. Eres el único hijo de mi difunto hermano. Si me firmas las escrituras de las 500 hectáreas, yo me encargaré de tus gastos médicos hasta tu último aliento. No puedes administrar este monstruo de hacienda tú solo.
Julia, desde las sombras, sintió que le hervía la sangre a 100 grados. El propio tío de Gustavo, la única familia que le quedaba, le estaba suministrando el veneno para robarle sus tierras, justificando todo con 1 falsa enfermedad. El recuerdo del olor a estramonio en los frascos la golpeó con fuerza. Gustavo, cegado por la lealtad familiar y el agotamiento físico, extendió la mano para recibir el paquete, prometiendo revisar los documentos en 3 días.
En cuanto la camioneta desapareció dejando 1 estela de polvo, Julia corrió hacia el pasillo. Tomó los 2 frascos nuevos que Gustavo había dejado sobre la mesa de centro y los escondió dentro del bolsillo de su delantal. A partir de esa noche, la viuda inició 1 guerra silenciosa. En lugar de darle las gotas de Ramiro, Julia comenzó a prepararle infusiones de cuachalalate, té de manzanilla y caldos ricos en ajo y 3 tipos de chiles para limpiar su sangre. Cuando Gustavo exigía su medicamento, ella le daba 1 mezcla inofensiva de agua con azúcar quemada para simular el sabor amargo.
Pasaron 15 días exactos. El cambio fue un milagro terrenal. El veneno abandonó el cuerpo del hacendado. La fiebre de 39 grados desapareció por completo en la mañana del día 7. Para el día 10, Gustavo ya no necesitaba el bastón. El color regresó a sus mejillas y la fuerza a sus brazos. 1 mañana, Julia estaba en la cocina amasando 2 kilos de masa de maíz para hacer tortillas frescas, con los brazos enharinados y el rostro enrojecido por el calor del comal. Gustavo apareció en el umbral, erguido, con los hombros anchos y 1 brillo de vitalidad en sus ojos oscuros que Julia nunca había visto.
—Ya descansé suficiente por 1 vida entera —dijo él, con la voz profunda y clara, libre de la ronquera—. La cerca del pastizal sur está caída. Tenemos 10 vacas sueltas. Voy a repararla.
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