Algunos lo saludaban por cortesía, pero todos lo miraban con los mismos ojos: fríos, distantes, llenos de un desprecio evidente.
Era la mirada de quienes saben un gran secreto y observan al tonto que acaba de descubrirlo.
Horas después, cuando los niños salieron al inmenso jardín trasero, Alejandro no aguantó más la presión.
Agarró a Renata del brazo con desesperación y la jaló hacia la terraza techada.
—A ver, me vas a explicar ahorita mismo qué chingados está pasando aquí.
Ella se soltó suavemente y, por primera vez en su historia juntos, lo miró directamente a los ojos sin agachar la cabeza.
—¿De verdad quieres saber la neta, Alejandro?
—¡Por supuesto que exijo saberlo!
Renata suspiró profundo. A lo lejos, cruzando el terreno, se veían bodegas industriales gigantescas y tráileres haciendo fila para cargar.
—¿Qué es todo eso? —preguntó Alejandro, señalando con el dedo tembloroso.
—Es la empacadora y la empresa de mi familia.
—¿Empresa? ¿Cuál empresa?
Renata se quedó en silencio un momento antes de soltar la bomba.
—Hace 7 años, cuando me embaracé de nuestro 1 hijo, mi tío descubrió que las tierras del abuelo eran oro puro.
Alejandro frunció el ceño, confundido.
—Oro verde. Aguacate Hass de exportación. Una transnacional nos compró una parte por millones de dólares.
Alejandro sintió que el estómago se le revolvía y casi se va de espaldas.
—¿Millones? ¿De dólares?
—Sí. Y con ese dineral, mi papá abrió una empacadora de aguacate y una transportista que hoy valen muchísimo más.
Alejandro se recargó en el barandal porque las piernas ya no le respondían.
—Pero… a ver… ¿entonces por qué diablos nunca me dijiste nada?
Renata le sonrió, pero era una sonrisa cargada de tristeza.
—Porque quería descubrir quién era realmente el hombre con el que me había casado.
Él se quedó mudo, sintiendo cómo se ahogaba con su propia saliva.
—Cuando nos casamos, te llenabas la boca diciendo que no te importaba si yo venía de un rancho —continuó ella—. Pero apenas nacieron mis niños, te quitaste la máscara.
Dio un paso al frente, acorralándolo con la mirada.
—Empezaste a humillarme a diario. Decías que yo era una mantenida inútil y que mi familia era un lastre.
Alejandro intentó defenderse, pero de su garganta no salió sonido alguno.
—Y a pesar de todo, mes con mes, yo agarraba esos miserables 300 pesos y hacía milagros para que no faltara comida en tu mesa. ¿Sabes por qué?
Alejandro negó con la cabeza, pálido como un fantasma.
—Porque mis papás jamás aceptaron ni un solo centavo tuyo.
Él abrió los ojos a más no poder.