Después de varias calles, entró en un callejón estrecho.
Respiré hondo… y lo seguí.
—Perdone… —dije, con la voz temblorosa—. ¿Dónde consiguió esa chaqueta?
El hombre se giró lentamente. Sus ojos estaban cansados, pero no eran hostiles. Miró la chaqueta, luego a mí.
—Me la dio un chico… —respondió.
El mundo se detuvo.
—¿Un chico? —susurré—. ¿Cómo era?
El hombre dudó un momento.
—Joven… callado… parecía perdido. Me ayudó un día. Me dio comida… y esa chaqueta. Dijo que ya no la necesitaba.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Dónde? ¿Dónde lo vio?
El hombre señaló hacia el otro lado de la ciudad.