Los lobos le habían arrancado la piel… pero ella seguía sin soltar al bebé. Cuando el apache la encontró en el desierto, comprendió que no había venido a salvar vidas… sino a unirse a una cacería. Nahuel vio primero el círc

El bebé apenas respiraba.

Y los jinetes seguían avanzando.

—¿Cuánto falta para que lleguen? —preguntó ella con la voz quebrada.

Nahuel no apartó la mirada del horizonte.

—Cinco minutos… si vienen despacio.

Ella cerró los ojos.

Como si su cuerpo hubiera estado esperando escuchar una sentencia definitiva.

Nahuel se agachó junto a ella y comenzó a desatar las telas que sujetaban al niño.

La mujer reaccionó de inmediato.

—¡No! —susurró, desesperada—. ¡Por favor, no me lo quite!

—Si quieres que sobreviva, necesito moverlo.

Ella respiró agitada unos segundos… y terminó soltándolo.

Nahuel tomó al bebé con una firmeza sorprendentemente cuidadosa. Era tan pequeño que parecía hecho de huesos y fiebre. Lo envolvió con una manta de montar y lo acomodó contra su pecho.

Después ayudó a la mujer a incorporarse.

Ella lanzó un gemido ahogado.

La pierna derecha estaba mal.

Muy mal.

Nahuel lo vio enseguida: mordida profunda cerca del tobillo, hinchazón hasta la rodilla y sangre seca pegada a la tela del vestido.

—No podrá caminar rápido —dijo ella, avergonzada—. Lo sé.

Nahuel la observó un instante.

—Entonces no caminaremos rápido.

La cargó antes de que pudiera protestar.

La mujer soltó un pequeño grito de sorpresa cuando él la levantó del suelo como si no pesara nada. Luego Nahuel caminó hacia el paso estrecho entre las rocas del norte.

El caballo los siguió.

Detrás, los jinetes ya podían distinguirse con claridad.

El del frente llevaba sombrero negro.

Y un rifle largo cruzado en la espalda.

Dalton.

Aunque la mujer no lo señaló, Nahuel supo enseguida que era él.

Hay hombres que cargan la violencia como otros cargan perfume.

Se les siente antes de escucharlos.

Nahuel avanzó entre las paredes de piedra hasta encontrar una pequeña abertura oculta detrás de unos arbustos secos.

Una grieta natural.

Apenas visible.

Perfecta.

Entró primero con la mujer y el bebé.

Dentro había espacio suficiente para esconderse… pero no para escapar si los descubrían.

La mujer miró alrededor, aterrada.

—Nos encontrarán.

Nahuel dejó al niño sobre una manta doblada.

Luego revisó el Winchester.

Dos balas.

Nada más.

La mujer palideció al verlo.

—¿Solo dos?

Nahuel sacó lentamente un cuchillo largo de su cinturón.

La hoja reflejó la poca luz que quedaba.

—Tres.

Afuera, los cascos comenzaron a resonar sobre la piedra.

Más cerca.

Más cerca.

La mujer empezó a llorar en silencio.

Nahuel escuchó voces.

Hombres riéndose.

Uno escupió al suelo.

Otro dijo:

—No pudo llegar lejos. Está herida.

Después llegó la voz de Dalton.

Fría.

Tranquila.

—Encuentren al niño primero.

El corazón de la mujer pareció detenerse.

Nahuel giró hacia ella.

—¿Por qué importa tanto ese bebé?

Ella tardó en responder.

Demasiado.

Y cuando finalmente habló, la verdad salió rota.

—Porque… porque su padre es dueño de media Arizona.

Nahuel no reaccionó.

La mujer siguió hablando entre lágrimas.

—Trabajaba en la casa principal… como institutriz. El hijo menor del patrón regresó borracho una noche. Después… después empezó todo esto.

Nahuel comprendió.

No necesitaba más detalles.

Ya había visto historias así.

Hombres ricos.

Mujeres pobres.