Secretos enterrados lejos de la ciudad.
—Cuando descubrieron el embarazo —susurró ella—, dijeron que nadie debía enterarse. Su esposa no puede tener hijos. Si el niño aparece… destruiría a la familia.
Afuera sonó un disparo.
Muy cerca.
La mujer se estremeció.
Dalton gritó:
—¡Sabemos que estás aquí, Clara! ¡Esto termina hoy!
Nahuel asomó apenas un ojo por la grieta.
Los hombres se separaban.
Cerrando el cerco.
Organizados.
Acostumbrados a cazar.
Uno desmontó y encontró manchas de sangre en la arena.
—¡Por aquí!
Nahuel volvió hacia la mujer.
—Escúchame bien —dijo—. Cuando empiece el ruido, correrás hacia el este.
Ella negó desesperadamente.
—No puedo dejarlo…
—Lo llevarás tú.
Le entregó al bebé envuelto en la manta.
Ella lo abrazó con fuerza.
—¿Y usted?
Nahuel miró otra vez el rifle.
Luego las sombras moviéndose afuera.
Y sonrió apenas.
Una sonrisa cansada.
Peligrosa.
—Yo nací en este desierto —murmuró—. Ellos no.
El primer hombre apareció frente a la entrada de la grieta apenas segundos después.
No tuvo tiempo de reaccionar.
El disparo del Winchester explotó dentro del cañón.
El jinete cayó de espaldas contra las piedras.
Los otros gritaron.
Los caballos se alteraron.
Entonces empezó el infierno.
Balas golpeando roca.
Arena saltando.