Los lobos le habían arrancado la piel… pero ella seguía sin soltar al bebé. Cuando el apache la encontró en el desierto, comprendió que no había venido a salvar vidas… sino a unirse a una cacería. Nahuel vio primero el círc

Ecos retumbando entre las paredes del cañón.

Nahuel salió de la grieta como una sombra armada.

El segundo disparo derribó a otro hombre antes de que pudiera apuntar.

Después ya no hubo balas.

Solo cuchillo.

Solo polvo.

Solo sangre.

Clara abrazó al bebé contra su pecho mientras escuchaba los gritos afuera.

Uno.

Luego otro.

Después silencio.

Un silencio horrible.

Largo.

Finalmente… pasos.

Acercándose.

Ella retrocedió aterrada hasta el fondo de la grieta.

La figura apareció cubierta de sangre y arena.

Nahuel.

Respirando con dificultad.

Con un corte profundo en el hombro.

Pero vivo.

Muy vivo.

Detrás de él, el desierto había quedado en silencio.

—Dalton… —susurró ella.

Nahuel limpió lentamente la hoja del cuchillo contra su pantalón.

Luego levantó la vista.

—Ya no volverá a perseguirte.

Clara rompió a llorar.

No de miedo.

No de dolor.

Sino porque, por primera vez desde que huyó… entendió que quizá el niño sobreviviría.

Nahuel miró el horizonte oscuro.

La noche caía rápido.

Y aún quedaba mucho camino.

Pero por primera vez en horas… el desierto ya no parecía una tumba.

Parecía una oportunidad.