Entonces Iván salió de su cuarto cargando una caja grande envuelta con papel brillante.
—Feliz día, jefita —dijo, sonriendo como si hubiera salvado el mundo.
Mi mamá abrió el regalo y gritó de emoción. Era una pantalla nueva.
—¡Ay, mi niño! —lo abrazó llorando—. Esto sí es un regalo. Mira, Gabriel, aprende de tu hermano.
Iván me miró con burla.
—Para que veas, carnal. No todo en la vida son florecitas.
Los dos se rieron. Mi mamá levantó la pantalla como si fuera prueba de que Iván era mejor hijo que yo. Las flores quedaron tiradas en el piso, pisadas junto a la tarjeta sin abrir.
En ese momento ya no sentí tristeza. Sentí claridad.
Saqué mi celular, marqué al banco y puse el altavoz.
—Quiero cancelar una tarjeta adicional a nombre de Teresa Aguilar —dije, mirándola a los ojos.
Mi mamá dejó de sonreír.
—¿Qué estás haciendo?
—Lo que debí hacer hace años.
Cuando colgué, le dije que tenía un día para irse de mi casa con Iván.
Y por primera vez en mi vida, mi mamá no supo qué decir.
Lo que ella hizo después fue algo que jamás imaginé de una madre…
PARTE 2
Esa noche, mi mamá no lloró como una mujer herida. Lloró como alguien que acababa de perder un privilegio.
Primero me insultó. Me dijo malagradecido, miserable, mal hijo. Después intentó enfermarse de repente, llevándose la mano al pecho y diciendo que la presión se le estaba bajando. Iván corrió por agua, pero cuando vio que yo no cedía, dejó el vaso sobre la mesa y cambió el tono.
—Ya estuvo, Gabriel. No exageres. Fue una broma.
—¿Una broma? —pregunté—. ¿Años de humillarme también fueron una broma?
Mi mamá se secó las lágrimas con rabia.
—Tú nunca entendiste nada. Siempre fuiste resentido. Por eso tu papá prefería a Iván.
Esa frase me atravesó.