Marco se acercó y me abrazó con fuerza.
Sentí su pecho temblar contra el mío.
Mi hijo, el mismo niño al que solía envolver en mantas cuando se enfermaba en invierno, estaba llorando como un hombre que de repente comprende cuánto amor lo sostuvo sin que él pudiera medirlo por completo.

—Perdóname, mamá —susurró junto a mi oído—. Perdóname por no darme cuenta de que estabas preocupada.
Acaricié su cabello como cuando era pequeño.
—No tienes nada que perdonarme, hijo. Hoy es tu día.
Pero Lara negó con la cabeza y volvió a tomar mi mano.
—No —dijo, con la voz aún quebrada por la emoción—. Hoy también es el suyo.