“Roberto Robles, está bajo investigación por fraude, desvío de recursos y evasión fiscal.”
Roberto miró a Camila con odio.
“Tú hiciste esto.”
Camila respiró hondo.
“No. Diego lo hizo. Yo solo dejé de tener miedo.”
Mientras se lo llevaban esposado, Teresa se quedó inmóvil, mirando a Mateo con un rencor que no parecía humano.
Y Camila recordó la carta.
Especialmente mi madre.
Esa noche, cuando todos creían que la verdad ya había salido, Camila encontró la llave pequeña en su bolsa.
La llave que Diego había dejado.
Y supo que todavía faltaba abrir la puerta más peligrosa.
PARTE 3
La llave abrió un cajón oculto en el estudio de Diego, detrás de una repisa llena de libros de medicina. Camila encontró expedientes, recetas, mensajes impresos y un reporte toxicológico con una palabra encerrada en rojo:
Digitalis.
Veneno.
A Camila se le heló la sangre.
Diego no solo había muerto de cáncer. Alguien había acelerado su muerte.
Llamó al licenciado Salgado con la voz rota.
“Fue Teresa.”
Hubo silencio del otro lado.
Luego él dijo:
“Entonces ya lo encontró.”
Dos días después, Teresa Robles fue detenida en el Aeropuerto de Toluca, intentando abordar un vuelo privado. Primero negó todo. Después aparecieron las recetas alteradas, una enfermera sobornada y frascos desaparecidos del tratamiento de Diego.
Al final, pidió hablar con Camila.
La recibió en una sala fría, sin maquillaje, sin joyas, sin la soberbia con la que la había echado bajo la lluvia.
“Él iba a destruir todo por Mateo”, susurró Teresa.
“Mateo era su hijo.”
Teresa sonrió con amargura.
“Tú no entiendes lo que hace la pobreza.”
Camila la miró fijamente.
“Yo crecí sin dinero.”
“No”, dijo Teresa. “Tú creciste amada.”
Entonces dijo la frase que ninguna madre debería decir jamás:
“Yo no podía permitir que mi hijo entregara el imperio a un niño que no debía existir.”
Camila casi levantó la mano.