Parte 1: Estaba en la puerta del avión en la Terminal 4 del JFK, vestida con mi uniforme azul marino impecablemente planchado, el cabello recogido con esmero y la sonrisa pulida que diez años de vuelos internacionales habían vuelto instintiva. Era un vuelo nocturno a Madrid y yo estaba al mando de la cabina premium, asegurándome de que cada pasajero adinerado se sintiera cómodo e importante.
Esa misma mañana, mi esposo Adrian me había besado la frente y me había dicho que volaba a Dallas para una importante reunión de negocios. Le creí, porque creer se había convertido en una costumbre. Entonces vi su nombre en la lista de pasajeros: Adrian Salvatore. Por unos segundos, me convencí de que tenía que ser otra persona. Pero entonces subió al avión. Y no estaba solo.
Una mujer joven caminaba a su lado, elegante y segura de sí misma, envuelta en lujo como si le perteneciera. Su mano descansaba sobre su espalda de una manera que lo decía todo antes de que cualquiera de los dos hablara. Sus ojos se encontraron con los míos, y en ese instante, vi cómo la seguridad en su expresión flaqueaba.
No reaccioné. No armé un escándalo. Enderecé los hombros y sonreí profesionalmente.
“Bienvenido a bordo, Adrian. Espero que tu viaje a Dallas vaya bien.”
Se quedó paralizado un segundo.
“Oh… ¿se conocen?”
Me giré con calma hacia la mujer.