Otra vez.
Y otra vez.
Cada vez, las palabras golpeaban más fuerte.
La mujer afirmaba que él cargó con la verdad toda su vida. Que adoptarme no fue solo amor.
Fue culpa.
Penitencia.
Cerré el portátil.
El silencio llenó la casa—la misma casa que, solo unos días antes, aún se sentía viva porque él estaba en ella.
Ahora se sentía diferente.
Como si algo debajo de todo hubiera cambiado.
Caminé hacia la cocina.
Su taza todavía estaba allí.