Me fui durante cinco días porque ya no soportaba ser la criada sin sueldo de la familia de mi esposo. Cuando regresé, el apartamento era un desastre… pero eso no fue lo peor.

PARTE 2:

Esa noche me encerré en el baño. Me senté en la orilla de la tina con las manos temblando.

No era solo cansancio. Era humillación.

Trabajaba de lunes a viernes en una oficina de contabilidad en Reforma. Salía temprano, regresaba tarde y aun así todos esperaban que llegara a servirles como si mi sueldo, mi cuerpo y mi tiempo no valieran nada.

Mi celular vibró.

Era un mensaje de mi amiga Natalia:

“Se liberó un lugar en el viaje a Veracruz. Cinco días. Hotel, paseo por el río, comida incluida. Está baratísimo. Vente conmigo. Te urge respirar.”

Cinco días.

Sin “Valeria, ¿dónde están las toallas?”
Sin “Valeria, haz más salsa.”
Sin “Valeria, los niños tienen hambre.”

Abrí la app del banco. Me acababan de depositar la quincena. En cuatro días ya había gastado casi la mitad manteniendo a la familia de Daniel.

Ni un “gracias”.

Le respondí a Natalia:

“Voy.”

Al día siguiente hice lo de siempre. Desayuno, trastes, trabajo, súper, comida, más trastes. En la noche, cuando todos estaban cenando como si nada, miré a Daniel.

“Tengo viaje de trabajo. Me voy pasado mañana. Cinco días.”

Daniel dejó el tenedor en el plato.

“¿Cómo que viaje? ¿Y mi familia?”

“Tu familia,” dije, mirándolo fijo.

Mi suegra soltó una risita.

“Bueno, pero mínimo deja comida hecha. Daniel no sabe cocinar.”

Tomé agua despacio.

“Hay comida en el refri. Hay recetas en internet. Hay fondas en la esquina. Son adultos.”

El silencio se puso pesado.

Daniel me siguió a la recámara.

“Vale, no puedes dejarme así.”

“Así me dejas tú cada vez que vienen.”

“Pero tú eres mejor para organizarte.”