Me volví a casar después del fallecimiento de mi esposa. Un día mi hija me dijo: “Papá, mamá es diferente cuando no estás”.

Esa misma noche, mientras arropaba a Sophie en la cama, me abrazó y me susurró: “La mamá primeriza no da miedo. Es muy amable”.

Le besé la frente, sintiendo cómo mis dudas finalmente se desvanecían.
Convertirnos en una familia no había sido sencillo ni fácil, pero quizás eso era lo que lo hacía real. Aprendíamos juntos, tropezábamos a veces, pero siempre seguíamos adelante.

Y al día siguiente, al ver a mi hija y a mi esposa acurrucadas en aquella habitación del ático, compartiendo helado e historias, supe que íbamos a estar bien.