PARTE 1
“No es mi esposa. Es la nana.”
Sentí que el aire desaparecía del salón en el instante exacto en que Julián dijo eso frente a Mauricio Saldaña, el director interino de Grupo Cenit. Ni siquiera usó mi nombre. Siete años de matrimonio borrados con una sola frase, como si yo fuera un mueble más que lo acompañaba para verse importante.
Unas horas antes, en nuestra casa de Lomas de Chapultepec, yo me estaba acomodando un vestido blanco de seda frente al espejo cuando Julián entró al cuarto ajustándose las mancuernillas doradas con esa sonrisa de hombre que cree que el mundo le debe aplausos.
“¿De verdad te vas a poner eso a la gala?” preguntó, mirándome de arriba abajo.
“Sí. Me gusta. Se ve elegante”, respondí, alisando la tela sobre mi cintura.
“Se ve simple, Mariana. Esto no es una cena cualquiera. Es la gala anual de Grupo Cenit. Va a estar gente pesada, gente que sí importa.”
Sonreí por costumbre. Ya me había acostumbrado a que me tratara como si yo fuera parte del fondo decorativo de su vida. Lo que Julián nunca sospechó fue que la casa, los viajes, el chofer y hasta el nivel de vida que presumía frente a todos no dependían realmente de su sueldo como vicepresidente regional. Mi abuelo me dejó una herencia enorme, y yo, lejos de gastar por capricho, la usé para invertir de forma silenciosa. Seis meses atrás, a través de un fondo privado, rescaté a Grupo Cenit cuando estaba a punto de hundirse.
Esa noche, camino al hotel sobre Paseo de la Reforma, Julián habló sin parar sobre la oportunidad que tenía de impresionar al consejo.
“Dicen que la accionista que salvó la empresa podría presentarse hoy”, comentó, acomodándose el saco. “Si me gano la confianza de Mauricio, el lugar en el consejo casi será mío. Nada más te pido que no hables de más.”
Lo dijo sin saber que la accionista de la que todos hablaban iba sentada a su lado.
La gala era un desfile de perfumes caros, copas de cristal y sonrisas falsas. El salón brillaba con lámparas enormes y una vista espectacular al Ángel de la Independencia. Julián se movía entre los invitados como si ya se sintiera dueño del lugar. Saludó a medio mundo y, al final, me llevó a la zona VIP, donde estaba Mauricio.
“Julián, qué gusto verte”, dijo Mauricio, estrechándole la mano. Luego volteó hacia mí con cortesía. “Y a tu esposa no había tenido el placer de conocerla formalmente.”
Julián se tensó. Vi el cálculo en sus ojos. El miedo a que una mujer que él consideraba demasiado discreta le arruinara la imagen de hombre sofisticado que quería vender.
“No, no, hay un malentendido”, soltó con una risa nerviosa. “Ella no es mi esposa.”
Lo miré, sin poder creerlo.
“Ella es Mariana”, continuó, moviendo la mano con desdén. “Es la nana de nuestros hijos. La traje para que nos ayudara con los abrigos y las bolsas.”
El silencio fue peor que un golpe. Mauricio alternó la mirada entre la cara satisfecha de Julián y mi expresión congelada.
“¿La nana?”, repitió, casi atragantándose con el champán.
“Sí, ya sabe cómo es esto”, respondió Julián, retomando su tono de negocios. “Es difícil encontrar ayuda confiable hoy en día. Pero bueno, sobre las proyecciones del tercer trimestre…”
Mauricio me sostuvo la mirada. Había algo en sus ojos, como si esperara una señal. Yo apenas negué con la cabeza. Aún no.
“Mucho gusto, Mariana”, dijo él con un tono que solo yo entendí. “Me imagino que trabajar detrás de un hombre como Julián debe ser agotador.”
“No tiene idea de cuánta basura me toca recoger”, contesté, sonriendo.
Unos minutos después apareció Ximena, la hermana de Julián, con un vestido rojo entallado, una copa de vino tinto y la misma expresión venenosa de siempre.
“Ya me enteré, nanita”, dijo mirándome con desprecio. “Hasta te vistes como empleada fina.”
Julián regresó presumiento su conversación con Mauricio y Ximena levantó la copa, fingiendo un brindis. Luego, con un movimiento demasiado preciso para ser accidente, dejó caer el vino directo sobre mi vestido blanco. La mancha roja se abrió sobre mi pecho como una herida.
“¡Ay, perdón!” exclamó con una actuación ridícula.
“Límpiate rápido, Mariana, antes de que Mauricio vea este oso”, me susurró Julián, metiéndome unas servilletas en la mano.
“Lo hizo a propósito”, dije en voz baja.
“No seas dramática”, respondió Ximena riéndose. “Y si hoy vienes de nana, también te toca limpiar el piso.”
Julián señaló el mármol manchado.
“Hazlo. Ahorita.”
Lo miré. Luego miré las servilletas. Y algo dentro de mí se rompió.
“ No”, dije, dejando caer las servilletas sobre el suelo.
“¿Qué estás haciendo, Mariana?”, siseó Julián.
Pero yo ya iba caminando hacia el escenario, con la espalda recta y la cabeza en alto. Julián me gritó que esa zona era solo para ejecutivos. El salón empezó a quedarse en silencio. Cuando llegué al micrófono, Mauricio dio un paso atrás e inclinó la cabeza.
“Señora presidenta”, murmuró lo bastante fuerte para que lo escucharan las primeras filas.
Y en ese instante supe que todo el salón estaba a segundos de presenciar algo que nadie iba a poder creer.