Mi esposo dijo que estaría de viaje tres días,

La abracé con fuerza.

Más de la que ella esperaba.

Más de la que yo misma entendía en ese momento.

Clara soltó una pequeña risa incómoda y me palmeó la espalda.

—Oye, tampoco me estoy muriendo —bromeó, intentando aligerar el ambiente—. Solo vine a pasar unas vacaciones carísimas con vista al estacionamiento.

Sonreí.

O al menos creo que sonreí.

Dejé las flores en la mesita junto a la cama, acomodé el agua, le pregunté por los antibióticos, por la fiebre, por lo que habían dicho los médicos. Hablé como se habla cuando una parte de ti sigue funcionando por puro hábito, aunque el resto se haya convertido en ruina.

Clara me conocía demasiado.

Apenas tardó unos minutos en entrecerrar los ojos y mirarme con esa atención aguda que siempre tuvo desde adolescentes, cuando era capaz de detectar una mentira mía aunque la dijera por teléfono.