PARTE 2
Rodrigo pensó que yo seguía siendo la misma mujer que se disculpaba aunque no tuviera la culpa.
Durante años me entrenó con gritos, silencios y humillaciones. Si él se enojaba, yo hablaba bajito. Si él me insultaba, yo me encerraba a llorar. Si él desaparecía tres días, yo terminaba pidiendo perdón por haber preguntado dónde estaba.
Pero esa tarde, con la sangre en la boca y el vestido negro pegado al cuerpo, algo dentro de mí dejó de tener miedo.
Sobre la mesa estaba el pisapapeles de vidrio de mi papá, pesado, transparente, con una foto antigua de mis padres en la Basílica de Guadalupe. Rodrigo volvió a acercarse, extendiendo la mano hacia mi cara.
Lo tomé y golpeé su brazo con todas mis fuerzas.
Rodrigo gritó tan fuerte que Valeria dejó de sonreír.
“¡Estás loca!”, chilló ella desde la entrada.
“No”, respondí, levantándome despacio. “Estoy harta.”
Rodrigo intentó lanzarse sobre mí, pero se tropezó con una silla y cayó contra la mesa. El florero favorito de mi mamá, donde todos los domingos ponía rosas amarillas, se estrelló contra el piso.
Ese sonido me dolió más que sus insultos.
Tomé mi celular del aparador y activé la grabación.
Rodrigo se quedó quieto al ver la luz roja en la pantalla.
“Apaga eso, Mariana”, dijo, bajando un poco la voz.
Levanté más el teléfono.
“Dilo otra vez. Dile a la cámara que viniste el día del entierro de mis papás a obligarme a firmar mi herencia.”
Valeria se movió incómoda.
“Mariana, no hagas esto más grande”, murmuró.
La miré con una calma que ni yo reconocía.
“Tú viniste a ayudar a mi esposo a robarme mientras todavía estoy de luto.”
Rodrigo apretó la mandíbula.
“¿Y quién te va a creer? ¿La vecina chismosa? ¿La gente de esta colonia?”
Entonces abrí la puerta principal de golpe.
Afuera estaban varios vecinos.
Doña Carmen, la señora de la tienda, tenía el celular en la mano. Don Julián, un policía retirado que vivía enfrente, ya venía cruzando la calle. También estaban los hijos de la vecina, mirando desde la banqueta.
Había olvidado que las ventanas estaban abiertas. Y Rodrigo siempre gritaba demasiado.
Don Julián miró mi labio partido, luego el brazo de Rodrigo.
“Mariana, ¿quieres que llame a la patrulla?”
Rodrigo señaló hacia mí.
“¡Ella me atacó!”
Yo levanté el teléfono.
“Él entró a la casa sin permiso, me jaló del cabello y trató de obligarme a firmar documentos.”
Valeria susurró:
“Rodrigo, vámonos.”
Pero Rodrigo cometió el peor error.
Agarró la carpeta e intentó correr hacia la salida. Yo se la arrebaté y las hojas cayeron sobre el porche. Don Julián tomó una de ellas y frunció el ceño.
En la última página había una firma falsa. Mi firma. Mal copiada de un documento viejo.
Rodrigo se quedó blanco.
Don Julián levantó la mirada.
“Esto ya no es solo pleito familiar. Esto parece fraude.”
En ese momento, escuchamos las sirenas acercándose por la calle.
Y yo todavía no sabía que la mentira más grande de Rodrigo estaba escondida en esa carpeta.
Lo que descubrí después cambiaría todo en la parte final.