PARTE 1
“¡Prefiero que me entierren antes de volver a pisar esa casa!”, fue lo que gritó mi hija el día que se fue de México con un coreano que le doblaba la edad. Tenía apenas veintiún años. Yo me quedé parada en la puerta, con el mandil puesto y las manos oliendo a cebolla, viendo cómo se subía al taxi sin voltear otra vez.
Me llamo Teresa Hernández, tengo sesenta y tres años y soy de Puebla. Quedé viuda cuando mi hija, María Luisa, apenas iba en secundaria. Me partí el lomo vendiendo comida, lavando ajeno y cosiendo uniformes para que a ella no le faltara escuela. Era lista, bonita, educada. Todos decían que esa muchacha iba a llegar lejos. Y sí llegó… nomás que tan lejos que me dejó sola.
A los veintiuno conoció a Kang Jun, un coreano elegante, reservado, casi veinte años mayor que ella. Decía que tenía negocios en Seúl y que mi hija le ayudaba como intérprete porque ella aprendía idiomas con una facilidad que a mí siempre me sorprendió. Yo me opuse desde el principio. No por ser extranjero, como luego anduvieron diciendo las vecinas, sino porque una madre sabe cuándo algo no le da buena espina. Ese hombre hablaba poco, sonreía menos y miraba demasiado.
Pero María Luisa estaba necia. “Mamá, por primera vez alguien me está ofreciendo una vida distinta”, me dijo. Yo vi en sus ojos una mezcla rara: ilusión, miedo y una urgencia que en ese momento no entendí. Al final acepté, o más bien me resigné. Se casaron por lo civil en una ceremonia pequeña, sin fiesta, sin banda, sin primos, sin nada. Un mes después, ya estaba volando a Corea del Sur.
Pensé que volvería pronto. Que un año, dos a lo mucho. Pero pasaron doce. Doce Navidades poniendo un plato extra en la mesa. Doce cumpleaños prendiendo una veladora y mirando el celular como mensa. Doce años oyendo a la gente decirme que qué suerte la mía, que mi hija sí había sabido “agarrar buen partido”, porque desde el primer año empezó a mandarme ocho millones de pesos cada diciembre. Exactitos. Ni un peso más, ni uno menos.
Con ese dinero arreglé la casa, pagué deudas, me atendí la presión, hasta pude comprarme una cama buena. Pero cada depósito dolía más que el anterior. Porque junto al dinero siempre llegaba el mismo mensaje: “Mamá, cuídate mucho. Estoy bien.”
Estoy bien.
Esas dos palabras eran las que más me quitaban el sueño.