Una vez hicimos videollamada. Seguía siendo hermosa, pero ya no tenía la misma mirada. Se veía cansada, como si viviera corriendo. Le pregunté por qué no venía. Se quedó callada unos segundos y luego sonrió de una forma que no era suya.
“Es que tengo mucho trabajo, mamá.”
No pregunté más. A veces una madre se vuelve cobarde porque sabe que la verdad puede romperle el corazón.
Pero este año ya no pude más. Me compré un boleto de avión sin decirle nada a nadie, ni siquiera a ella. Era la primera vez que me subía a un avión. Llegué a Seúl temblando, con una chamarra prestada y una foto vieja de mi hija guardada en el brasier. Tomé un taxi hasta la dirección que ella me había mandado meses atrás.
La casa era de dos pisos, en una calle silenciosa, demasiado perfecta para sentirse viva. Toqué el timbre. Nadie abrió. Empujé la puerta y, para mi sorpresa, estaba sin seguro.
Entré llamando a mi hija.
No hubo respuesta.
Todo estaba limpio, acomodado, frío. Ni una chamarra de hombre, ni unos zapatos junto a la entrada, ni el olor de alguien viviendo de verdad ahí. Subí las escaleras con las piernas flojas. En el primer cuarto había una sola cama. En el clóset, pura ropa de mujer. En el segundo, una oficina sin fotos ni recuerdos. Y en el tercero… en el tercero se me doblaron las rodillas.
Había cajas apiladas hasta el techo. Algunas estaban abiertas. Adentro no había ropa ni documentos.
Había fajos y fajos de billetes.
Y en ese instante escuché la puerta principal abrirse abajo.
No van a creer lo que estaba a punto de descubrir…
PARTE 2
Bajé las escaleras casi cayéndome, con el corazón retumbándome en los oídos. Pensé que iba a encontrarme con ese hombre coreano al que mi hija había seguido doce años atrás. Pensé que por fin iba a verle la cara al marido que me la arrebató. Pero la persona que estaba al pie de la escalera era María Luisa… sola.
Nos quedamos viéndonos como dos desconocidas que, en el fondo, se habían extrañado toda la vida.
Se veía más delgada de lo que imaginaba. Fina, impecable, hermosísima todavía… pero apagada. Los ojos hundidos, los hombros tensos, la sonrisa rota. Caminó hacia mí y me abrazó fuerte, tan fuerte que sentí que no quería soltarme nunca. Y aun así, lo primero que me dijo no fue “mamá, qué bueno que viniste”.
Fue: “No debiste venir.”
La separé de mí y la miré a la cara.
“¿Dónde está tu esposo? ¿Por qué esa casa parece hotel? ¿Y por qué tienes un cuarto lleno de dinero?”
María Luisa cerró los ojos. Parecía que le dolía respirar. Luego dijo, despacio, casi en un susurro:
“Mamá… yo nunca me casé.”
Sentí que el mundo se me ladeó.
“¿Cómo que no te casaste? ¡Doce años diciendo que eras una mujer casada!”
“Te mentí.”
Cada palabra me cayó como cachetada. Me tuve que agarrar del barandal para no caerme.
Me contó que, cuando yo enfermaba seguido y las deudas nos estaban ahogando, ella aceptó una oferta de trabajo en Corea. Primero iba como traductora y asistente de Kang Jun. Pero el contrato cambió cuando llegó allá. Le pusieron casa, ropa, chofer, dinero… a cambio de convertirse en la imagen perfecta junto a él. En reuniones, cenas, eventos, viajes. Tenía que parecer su esposa, sonreír cuando él quisiera, callarse cuando él ordenara, desaparecer cuando estorbara.
“No era una esposa, mamá. Pero tampoco era libre.”