Desde la muerte de su esposa, James y su pequeño hijo Mark mantenían un ritual imprescindible para seguir adelante: un paseo dominical alrededor del lago del barrio. Para James, era una forma de moverse dentro del “vacío” que había dejado la ausencia de su mujer; para Mark, un ancla necesaria en un mundo que cada vez le parecía más duro e impredecible. En uno de esos paseos, Mark descubrió entre las malas hierbas un osito de peluche sucio y abandonado. A pesar del pelo apelmazado y de que le faltaba un ojo, lo abrazó con una intensidad desesperada y aseguró que aquel juguete era especial y no podía quedarse allí.
De regreso a casa, James pasó horas limpiando y remendando cuidadosamente el oso para tranquilizar a su hijo. Aquella noche, cuando Mark ya dormía, James tocó sin querer el vientre del peluche y de su interior salió un crujido eléctrico. A través de la tela se oyó la voz temblorosa de un niño: «Mark, sé que eres tú. Ayúdame». Aterrorizado ante la idea de que fuera un dispositivo de vigilancia o una broma cruel, James descosió la costura y encontró un pequeño transmisor de plástico sujeto con cinta dentro del relleno.
