PARTE 2
Esa madrugada no dormí. Me senté en la cocina de mi departamento en Reforma, puse la brújula de Manuel sobre la mesa y observé la pequeña abolladura que le había dejado la piedra de la fuente.
A las seis de la mañana, llamé a mi abogado.
“Licenciado Cárdenas”, dije. “Ejecute la instrucción.”
Hubo un silencio del otro lado.
“Doña Teresa… ¿está segura?”
Miré mi reflejo en la ventana. La hinchazón en mi cara ya había cambiado de color.
“Más segura que nunca.”
La residencia donde Rodrigo vivía no era suya. Nunca lo fue. Cinco años antes, cuando él se casó con Fernanda, compré esa propiedad mediante una sociedad inmobiliaria de mi grupo empresarial. Le entregué las llaves y le dije: “Esta será tu casa mientras la sepas honrar.”
Él escuchó solo una parte: “Esta será tu casa.”
Durante años lo vi cambiar. Primero dejó de visitarme. Luego pidió que no llegara sin avisar. Después empezó a presentarme como “la fundadora retirada”, como si yo fuera un adorno viejo en la historia de una empresa que él fingía dirigir.
Rodrigo trabajaba como director comercial en mi constructora. Yo le di el puesto porque era mi hijo, no porque lo mereciera. Le di tarjetas corporativas, chofer, oficina en Santa Fe y acceso a reuniones donde todos sabían que él hablaba mucho y resolvía poco.
También sabía algo que él ignoraba: sus socios no confiaban en él. Los inversionistas firmaban porque mi nombre estaba detrás. Los bancos prestaban porque yo garantizaba. Los contratos seguían vivos porque yo los sostenía.
A las ocho y veinte, mi abogado notificó la terminación del comodato de la casa.
A las ocho cuarenta, recursos humanos envió su baja inmediata por conducta incompatible con los valores de la empresa.
A las nueve, contabilidad canceló sus tarjetas, accesos y autorizaciones.
A las nueve treinta, una oferta que yo tenía congelada desde hacía meses se activó. Una familia de Monterrey llevaba tiempo queriendo comprar la residencia, lista para cerrar en cuanto yo aceptara. Esa mañana acepté.
Rodrigo estaba en su oficina de cristal, creyéndose dueño de un imperio, cuando el primer correo le cayó encima.
No me llamó de inmediato. Su orgullo siempre llegaba antes que su miedo.
Pero Fernanda sí lo hizo.
Contesté después del quinto timbrazo.
“¿Qué hiciste, Teresa?”, chilló. “Hay abogados en la puerta. Dicen que tenemos que desalojar.”
“Buenos días, Fernanda.”
“No te hagas la fina. Rodrigo está furioso. Esa casa es nuestra.”
“No. La casa pertenece a la sociedad.”
“¡Pero tú nos la regalaste!”
“Les regalé confianza. Ustedes la rompieron.”
Colgó.
A la una con siete minutos, Rodrigo me llamó. Su voz ya no sonaba arrogante. Sonaba desesperada.
“Mamá, cancela esto ahorita.”
“¿Cancelar qué?”
“La orden, el correo, la venta, lo que sea que hayas hecho. ¡Hay gente tomando fotos de la casa! Fernanda está gritando. Mis socios ya se enteraron.”
“Entonces por fin todos están viendo la verdad.”
“¡No puedes destruirme por una discusión!”
Toqué la brújula con la punta de los dedos.
“Rodrigo, tú no discutiste conmigo. Me golpeaste treinta veces.”
Hubo silencio.
Luego dijo algo que terminó de romper lo poco que quedaba.
“Pues no me hubieras provocado.”
En ese instante entendí que no estaba arrepentido. Solo estaba asustado.
Y todavía faltaba revelar lo peor.