Pam miraba desconcertada cómo su marido James recogía sus pertenencias de la mesilla de noche en una pequeña cesta de mimbre. Sus vidas habían cambiado bruscamente cinco años atrás, después de que un accidente de coche la dejara paralizada de cintura para abajo. Desde entonces, James había sido su apoyo constante. Ahora, mientras él salía del dormitorio que compartían, ella sentía que su mundo volvía a desmoronarse.
James le había asegurado con palabras suaves pero firmes que nada cambiaría en su compromiso con ella. «Seguiré aquí si me necesitas», le dijo, explicándole que sólo quería más libertad mientras dormía. Pam, dolida y confusa, sólo pudo asentir, aunque en el fondo temía dormir sola. La idea de que James ya no quisiera estar cerca de ella le parecía el principio de algo terrible.