El Hotel Royal Monarch resplandecía aquella noche; era el tipo de lugar donde el poder no solo está presente, sino que se exhibe. Lámparas de araña de cristal proyectaban luz sobre mármol pulido, y cada conversación reflejaba ese delicado equilibrio entre ambición y pretensión.
En el centro de todo estaba Adrian.
Confiado. Celebridad. Intocable, al menos en su mente.
Llevaba el éxito como si le perteneciera.
No lo hizo.
Pero nadie en esa habitación lo sabía todavía.
Horas antes, estaba de pie en nuestro dormitorio, mirando lo que quedaba de mi único vestido decente.
Quemado.
No está roto. No está oculto.
Quemado.
La tela se había encogido, ennegrecida en los bordes, reducida a algo irreconocible. Y Adrian se había quedado allí, observándome mientras yo asimilaba la escena, como si me estuviera dando una lección que debería haber aprendido hace mucho tiempo.
—Me harías quedar en ridículo de todas formas —había dicho, casi con indiferencia—. Es mejor así.
Hay momentos en que algo dentro de ti no se rompe, sino que se asienta.
En silencio.
Permanentemente.
Esa era una de ellas.
De vuelta en el salón de baile, rió con naturalidad, con el brazo alrededor de otra mujer como si el espacio a su lado siempre hubiera pertenecido a otra persona.