PARTE 1
“Tu hijo se fue a Cancún con su esposa y su niño… y dejó a tu nieta de ocho años sola en la casa.”
Eso fue lo que escuché a las dos de la mañana, con el celular pegado al oído y el corazón golpeándome como si alguien estuviera pateando la puerta de mi pecho.
Del otro lado estaba Camila, mi nieta. Mi nieta adoptiva, como Paola siempre se empeñaba en aclarar cuando quería lastimarla sin que pareciera insulto.
—Abuelito… ¿por qué? —me dijo llorando—. ¿Por qué se llevaron a Mateo y a mí me dejaron?
Yo, Roberto Salazar, abogado familiar retirado en Guadalajara, había escuchado de todo en mi vida: divorcios horribles, hermanos peleando por casas, madres llorando frente a jueces. Pero nada me preparó para oír a una niña de ocho años preguntarme por qué su propia familia la había borrado de un viaje.
—Camila, escúchame bien —le dije, intentando que mi voz no temblara—. ¿Quién está contigo en la casa?
—Nadie.
Sentí que se me helaba la sangre.
Alejandro, mi único hijo, vivía en Querétaro con su esposa Paola, su hijo biológico Mateo y Camila, a quien él y su primera esposa, Lucía, habían adoptado cuando la niña era bebé. Lucía murió tres años después en un accidente, y desde entonces Camila quedó como una foto que todos fingían ver, pero nadie quería mirar de frente.
—Mi papá dijo que yo tenía clases el lunes —susurró ella—. Pero hoy es jueves, abuelito.
Me levanté de la cama, busqué mis lentes y empecé a vestirme con una mano mientras con la otra sostenía el teléfono.
—¿Cerraron la puerta? ¿Tienes luz? ¿Comiste algo?
—Hay pizza congelada. Paola dijo que no hiciera drama. Que la vecina podía escuchar si pasaba algo.
Tragué saliva. Una vecina no era una madre. Una pizza no era cuidado. Y un celular cargado no era protección.
—No hiciste nada malo, mi niña —le dije—. Nada. Y voy por ti ahora mismo.
—¿Mi papá se va a enojar porque te llamé?
Esa pregunta me rompió más que el llanto. No preguntó si él estaría preocupado. Preguntó si se iba a enojar.
A las 2:17 ya estaba comprando un boleto de último minuto a Querétaro. A las 3:00 llamé a mi compadre Ernesto para que cuidara mi casa y a mi perro. A las 5:30 estaba en el aeropuerto. Durante todo el trayecto llamé a Camila cada media hora para que supiera que no estaba sola.
Llegué a la casa antes del mediodía.
Camila abrió la puerta en pijama, con el cabello hecho nudo y los ojos hinchados. Me vio como si no creyera que yo fuera real. Luego corrió hacia mí y se me colgó del cuello.
—Ya llegué —le dije—. Y nadie te vuelve a dejar así.
Dentro de la casa vi lo que antes no había querido ver: once fotos familiares en la sala. Mateo aparecía en diez. Camila en dos, y en una estaba casi detrás de Paola, como si fuera visita.
En el refrigerador había imanes de Acapulco, Valle de Bravo, Mazatlán, Xcaret. Fotos de Mateo sonriendo. Ninguna de Camila.
Mientras le preparaba huevos quemados y chocolate caliente, mi teléfono sonó. Era Alejandro.
—Papá, no hagas un escándalo. Camila exagera mucho.
Miré a mi nieta, que comía en silencio como si pedir más fuera delito.
—Estoy en tu casa —le respondí—. Y tú estás en Cancún.
Alejandro guardó silencio.
Entonces escuché la voz de Paola al fondo:
—Dile que no se meta. Esa niña ni siquiera es sangre de ustedes.
Camila levantó la mirada justo en ese momento.
Y yo entendí que lo peor apenas iba a empezar.