A veces cruel.
Ella intentó ocultárselo a sus amigos y familiares.
Intentó justificarlo.
Se decía a sí misma que solo estaba pasando por un mal momento.
Pero los años pasaron.
Y el dolor se convirtió en parte de su vida.
"Nunca se lo conté a nadie", susurró.
Sentí un nudo en la garganta.
"¿Por qué?"
Me miró.
"Porque me daba vergüenza."
Negué con la cabeza.
"No tienes nada de qué avergonzarte."
Cerró los ojos.
"Cuando enfermó... seguí cuidándolo. Hasta el final."
Me quedé en silencio.
Entonces la abracé suavemente. Empezó a llorar.
No fuerte.
Pero como lloran quienes han guardado el dolor dentro durante demasiado tiempo.
Nos sentamos durante mucho tiempo.
Mucho tiempo.
Y en un momento dado susurró:
"Tenía miedo de que si vieras estas cicatrices... ya no quisieras estar conmigo".
La miré fijamente a los ojos.
"Linda", dije en voz baja. "Te he esperado cuarenta años. ¿Crees que unas cuantas cicatrices pueden cambiar algo?"
Sollozó y sonrió entre lágrimas.
Le toqué la mano con delicadeza.
"Ya no estás sola".
Se apoyó en mi hombro.
Y esa noche apenas dormimos.
Hablamos.
Sobre el pasado.
Sobre el dolor.
Sobre la esperanza.
Y sobre cómo, incluso después de los inviernos más largos, la vida aún puede darnos la primavera.
A veces, cuando casi hemos perdido la esperanza.