Mi Papá Murió Sin Dejarme Nada… Pero El Notario Me Llamó 40 Días Después Con Una Verdad…

La foto de mí de 8 años sigue en la pared enmarcada con la luz de tarde del norte cayendo sobre ella en las tardes, que es cuando el estudio se ve mejor. A veces me paro frente a ella entre proyecto y proyecto. Me miro de 8 años riéndome de algo que era mi papá desde la banqueta. Pienso que esa niña no sabía que él estaba ahí, que yo tampoco lo supe durante 30 años, que él sí lo supo siempre y que cargó ese saber de la manera en que cargó todo, en silencio desde afuera, con la culpa de no poder entrar y la incapacidad de irse del todo.

No sé si eso era suficiente amor. No sé si el amor que no se muestra cuenta igual que el que sí se muestra. Tengo 38 años y todavía no tengo respuesta a esa pregunta. Quizás no la voy a tener nunca. Quizás esa es una de las preguntas que uno carga sin que tenga respuesta y que lo que importa no es resolverla, sino aprender a vivir con ella sin que le quite peso a lo que sí se sabe.

Lo que sí se sabe que hubo fotos en un cajón del buró, un seguro de vida de 20 años, una carta de cinco hojas con letra angular de ingeniero, una foto de mí riéndome de algo que no sabía que era él. Lo que sé de mí, que soy la hija de Eduardo Mireles Fuentes y de Patricia Castillo Ibarra, y que esas dos personas me dieron cosas diferentes y me dejaron cosas diferentes, que lo que soy ahora es la suma de todo eso, incluido lo que dolió y lo que encontré en un sobre de papel craft 40 días después de un entierro.

El negocio que puse con lo que me dejó mi papá genera trabajo para mí y para Valeria y próximamente para alguien más que necesito contratar porque el volumen sigue creciendo. Cuando alguien me pregunta de dónde salió el capital inicial del estudio, digo que fue un regalo de mi papá, que fue tardío, que fue la única manera en que él supo darlo, pero que fue real y que con eso construí algo que se sostiene. Eso creo que es lo que él quería, no que yo lo perdonara, que eso era demasiado pedir y que él lo sabía

porque lo dijo en la carta, que yo construyera algo que se sostuviera, que usara lo que él había guardado todos esos meses, año tras año, para que yo tuviera algo que fuera mío de verdad. Ya lo tengo. La foto sigue en la pared. Mínima sigue sin poder entrar al estudio, aunque lo sigue intentando. Y yo sigo parada en la banqueta de mi propia vida, pero adentro esta vez, que es donde haber estado y donde voy a quedarme.