Mi Papá Murió Sin Dejarme Nada… Pero El Notario Me Llamó 40 Días Después Con Una Verdad…

El estudio en la Narbarte fue creciendo de maneras que no había planeado del todo. Un cliente me recomendó a otro que me recomendó a un tercero, que fue una cadena de trabajo que a mitad del año me tenía con más proyectos de los que había tenido nunca. Contraté a una diseñadora joven, Valeria, recién graduada del TEC, que trabajaba conmigo tres días a la semana y que tenía una manera de ver los proyectos que era diferente a la mía y que por eso mismo era valiosa.

Le enseñé lo que sabía enseñar. Ella me mostró lo que yo ya no veía porque lo tenía demasiado cerca. Fernando y yo nos seguimos viendo. No seguido, no con la regularidad. de dos hermanos que se conocen de toda la vida, porque no éramos eso, sino con la frecuencia posible de dos adultos que están aprendiendo a conocerse desde cero con la sombra de una historia compartida que ninguno de los dos escogió. Comíamos o tomábamos café cada mes, a veces cada mes y medio.

Me contaba de su trabajo, de su novia, de las cosas que recordaba de nuestro papá, que eran diferentes a las mías, porque su Eduardo había sido diferente al mío, que los padres son personas distintas con cada hijo y que eso es algo que uno solo entiende cuando tiene suficiente distancia para verlo. Una tarde me contó que cuando era niño y su mamá y su papá tenían peleas, su papá se encerraba en el cuarto y no salía en horas.

que Fernando de niño pensaba que era enojo, pero que de adulto había entendido que era culpa, que su papá vivía con culpa de una manera que no sabía manejar y que por eso a veces desaparecía de los dos lados, del suyo y del mío, que no era justificación, que solo era lo que había. Le dije que yo también lo había llegado a entender así, que entenderlo no era perdonarlo automáticamente, que el perdón era un proceso más largo que la comprensión, que a veces llegaba y a veces todavía no.

Me dijo que sí, que lo mismo le pasaba a él. Alejandra no se ha contactado. Eso está bien. Cada uno tiene su propio tiempo y su propio camino. Y no todas las historias se resuelven con todos los personajes en el mismo cuadro. La señora Garza tampoco. Lo que hubo entre nosotras ese día en su sala fue suficiente para lo que necesitaba ser y no tenía que ser más. Mi mamá y yo hablamos más de mi papá en estos meses que en todos los años anteriores.

No porque antes no pudiéramos, sino porque antes la historia no estaba completa. Y hablar de algo incompleto siempre tiene ese límite en que uno no sabe si avanzar o retroceder. Ahora la historia tiene todas sus piezas, aunque algunas duelan más que otras. Mi mamá me contó cosas que no me había contado antes, que Eduardo la había llamado cuando yo entré al Tec para decirle que estaba orgulloso, que eso era lo que le había dicho, que estaba orgulloso de que su hija hubiera entrado a una buena carrera, que ella no se lo había dicho en ese momento porque no sabía cómo decírselo sin que doliera más que ayudara, que quizás se había equivocado.

Le dije que no, que había hecho lo que podía con lo que tenía, que todos habíamos hecho lo que podíamos. Hoy es febrero, han pasado 5co meses desde que el licenciado Morales me llamó a las 11:15 de una mañana de martes con esa voz pausada de alguien que aprendió a no apresurar lo que no debe apresurarse. El estudio en la Narbarti tiene luz buena en las mañanas. La computadora nueva funciona sin los rezagos de la anterior. Valeria llega los martes, miércoles y jueves con su manera de ver los proyectos que es diferente a la mía y que por eso mismo me obliga a ver más.