PARTE 2
El doctor Ramos no cometió el error de anunciar nada demasiado pronto. En un hospital donde el dinero de mi familia pesaba más que muchas conciencias, decir la verdad antes de tiempo era como aventarme de nuevo a la carretera.
Durante dos noches me hizo pruebas. Sonidos a la izquierda, sonidos a la derecha, cambios de respiración, patrones con el ritmo cardíaco, una tabla improvisada con letras para que yo fijara la mirada. Era lento, agotador, humillante. Pero funcionó.
—Está consciente —dijo finalmente, en voz baja, sólo frente a Lucía—. No está ausente. Está atrapado.
Lucía no se impresionó. Se puso más fría.
—Entonces hay que protegerlo antes de que se den cuenta.
El primer nombre que logré formar, letra por letra, con una tortura de minutos enteros, fue el de Teresa Villarreal. La abogada de mi familia desde la época de mi padre. Una mujer seca, inteligente, de esas que no se conmueven con lágrimas caras.
Llegó esa misma madrugada con un traje azul oscuro y la cara de alguien que ya sospechaba lo peor.
—Si de verdad eres tú, Alejandro, no me hagas perder el tiempo —dijo al acercarse a la cama.
Tardé casi cuarenta minutos en comunicar el mensaje completo: VALERIA Y RODRIGO SON AMANTES. QUIEREN DESCONECTARME. EL CHOQUE FUE PLANEADO.
Teresa no gritó. No lloró. Sólo apretó la mandíbula.
—Perfecto —dijo—. Entonces no vamos a salvarte sólo para que ellos hereden todo.
A partir de ahí, todo se volvió estrategia.
Lucía controlaba quién entraba a mi cuarto. El doctor Ramos retrasaba cualquier decisión médica definitiva con estudios y observaciones. Teresa empezó a mover gente de confianza: un investigador para rastrear la empresa fantasma de Monterrey, otro para encontrar al trailero, otro para revisar los seguros que Valeria me había insistido actualizar tres meses antes del choque.
Y yo escuchaba.
Escuchaba a Valeria fingir amor frente a las enfermeras de día. Escuchaba a Rodrigo hablar de “estabilidad corporativa” mientras calculaba cómo quedarse con la destilería de tequila y las tierras de agave en Tequila y Amatitán. Escuchaba su desprecio, su prisa, su ambición.
Pero el verdadero golpe llegó en una de sus discusiones.
Rodrigo estaba furioso porque Valeria ya había hablado con los compradores españoles sin avisarle. Ella estaba furiosa porque él había prometido vender la vieja hacienda antes de tener todo resuelto. Empezaron a pelear ahí mismo, olvidando que el “muerto” seguía escuchando.
Entonces Rodrigo soltó algo que me quebró por dentro.
—Tú me debes la mitad —le dijo—. Si mi madre no hubiera pasado veinte años escondiendo los papeles sucios de tu adorado suegro, tú nunca te habrías acercado a esta familia.
Valeria bajó la voz de golpe.
—Cállate.
—¿Por qué? —se burló él—. ¿Te da miedo que el cadáver se entere de que don Ernesto Navarro robó los primeros terrenos? Mi madre sabía dónde estaban las firmas falsas, las amenazas a los campesinos, los pagos miserables. Por eso la tuvieron siempre cerca. Por eso yo existo, por cierto.
Sentí un vacío que no tenía nada que ver con el coma.
Mi padre, el hombre que yo admiré toda la vida, el que me enseñó a respetar la tierra, podía haber construido el imperio sobre despojos y silencios.
Esa noche, cuando Teresa volvió, le dicté otra verdad insoportable: BUSCA LOS PAPELES DE MI PADRE. RODRIGO MIENTE MENOS DE LO QUE YO QUISIERA.
Y los encontró.
En una caja cerrada en la hacienda. Nombres de familias desplazadas. Parcelas mal adquiridas. Borradores de restitución que mi padre jamás ejecutó. Notas escritas a mano que olían a culpa tardía.
Mi venganza cambió en ese instante.
Ya no quería sólo hundir a Valeria y a Rodrigo. Quería quitarles para siempre aquello por lo que habían intentado matarme. Teresa lo entendió antes de que yo terminara de deletrearlo.
—No basta con meterlos a la cárcel —dijo—. Hay que dejar el premio fuera de su alcance.
Así que escondimos una grabadora en el cuarto. Reunimos audios. Frases. Besos. Confesiones. Dinero. Fechas. Amenazas. Todo.
Para el día veintiocho ya podía mover dos dedos y abrir un poco los ojos.
Teresa eligió el momento perfecto: la junta del consejo en el día treinta, cuando Valeria pensaba firmar mi “muerte legal” y Rodrigo creía que iba a quedarse con la empresa.
Ese día ellos iban a entrar sonriendo.
Y no tenían idea de que en esa misma sala los estaba esperando el peor giro de sus vidas.