—Elena no debe olvidar que vive en una casa que no es suya.
Me quedé callada.
Pero esa vez mi silencio no fue miedo.
Fue una decisión.
Y no podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
No le dije a nadie lo que pensaba hacer.
Ni a Rubén.
Ni a mi mamá.
Mucho menos a doña Gloria.
Durante tres días seguí mi rutina como si nada. Preparé café, lavé ropa, hice de comer, cuidé a mi hijo y escuché a mi suegra dar órdenes desde la sala, sentada en su sillón favorito, convencida de que todos girábamos alrededor de su carácter.
Pero cada noche, cuando la casa se apagaba, yo sacaba una carpeta azul del fondo del clóset.
Ahí estaban los papeles.
Los mismos que Rubén me había pedido guardar “para que no hubiera problemas”. Los mismos que doña Gloria jamás había querido ver porque vivía segura de que la casa era de su familia.
La mañana del viernes, esperé a que Rubén regresara de dejar unos documentos en la oficina. Doña Gloria estaba en la cocina, revisando las verduras como si fueran joyas.
—Estas calabacitas están feas —dijo—. Seguro son de las que compra tu gente.
Respiré hondo.
Fui por mi hijo, lo senté en su sillita y puse la carpeta azul sobre la mesa.
Doña Gloria frunció el ceño.
—¿Y ahora qué drama traes?
—Ningún drama —respondí—. Solo la verdad.
Se rio.
—Ay, Elena, las muchachas como tú siempre creen que llorando ganan.
Abrí la carpeta.
Saqué la escritura de la casa y la puse frente a ella.
—Lea el nombre.
No quiso tocarla al principio. Luego la jaló con molestia. Sus ojos pasaron por las hojas hasta detenerse en una línea. Su cara cambió.
La propietaria era yo.
Elena Morales Hernández.
No Rubén.
No ella.
Yo.
—Esto no puede ser —murmuró.
—Sí puede —dije—. El enganche salió de la parcela que mis papás vendieron. Esa parcela que usted llama “tierra de rancho”. Rubén estaba endeudado y no podía poner nada a su nombre. Por eso la casa quedó a mi nombre.
Doña Gloria se puso pálida.
En ese momento Rubén entró.
Vio los papeles, vio a su mamá, me vio a mí. Supo de inmediato lo que estaba ocurriendo.
—Elena… —dijo, casi suplicando.
—No —lo interrumpí—. Hoy no vas a pedirme que aguante.
Doña Gloria golpeó la mesa.