PARTE 1
“Esa niña no merece un cuarto tan grande; hoy mismo se va a salir de ahí.”
Escuché esa frase al fondo de la llamada, mientras mi hija Camila lloraba desde nuestro departamento en la colonia Del Valle, en la Ciudad de México.
Yo estaba en una junta importante en el despacho contable donde trabajo como socia senior, revisando estados financieros de un cliente de Monterrey, cuando mi celular vibró tres veces seguidas sobre la mesa. Camila tenía doce años. Era tranquila, responsable, de esas niñas que prefieren dibujar en silencio antes que meterse en problemas. Nunca me llamaba a media jornada, a menos que algo realmente estuviera mal.
Ese día no tenía clases por una junta del consejo técnico, así que se había quedado en casa. Su plan era ver películas, dibujar en su cuaderno y comer quesadillas que le había dejado preparadas.
Contesté de inmediato.
—¿Cami? ¿Qué pasó, mi amor?
Del otro lado solo escuché su respiración cortada y un sollozo que me partió el pecho.
—Mamá… ¿por qué ya no voy a vivir aquí?
Sentí que la sangre se me iba a los pies.
—¿Quién te dijo eso?
—Mi abuela Teresa está aquí… y también mi tía Paola —dijo llorando—. Trajeron cajas, bolsas y una camioneta. Dicen que mi tía se va a mudar con nosotros porque está embarazada otra vez y no tiene dónde vivir.
Me levanté tan rápido que mi silla golpeó la pared. Todos en la sala de juntas se quedaron mirándome.
—Camila, escúchame bien. No metas ni una sola cosa tuya en ninguna bolsa. Entra al baño, ponle seguro y no abras hasta que yo llegue.
—Pero la abuela dijo que papá ya aceptó —susurró—. Dijo que la casa es de su hijo y que tú no mandas aquí.
Sentí una furia seca subirme por la garganta.
Teresa, mi suegra, llevaba años tratándome como si yo fuera una arrimada en mi propio matrimonio. Para ella, su hijo Santiago era perfecto, y Paola, su hija, una víctima eterna de la vida. Paola tenía tres hijos, deudas, un esposo del que se había separado y ahora otro embarazo de un hombre que apenas conocía.
Pero entrar a mi casa para asustar a mi hija era una línea que nadie iba a cruzar.
Salí del despacho sin pedir permiso. En el elevador marqué a Santiago.
—Tu mamá y tu hermana están en el departamento. Están sacando las cosas de Camila de su cuarto.
Hubo un silencio helado.
—Voy para allá —dijo él.
Cuando llegué al edificio, vi una camioneta de mudanza estacionada frente a la entrada. En la banqueta estaban la mochila de Camila, sus tenis, libros de la secundaria y una caja con sus dibujos. Encima habían pegado una hoja que decía, con plumón rojo: “CUARTO DEL BEBÉ”.
Subí corriendo las escaleras.
Al abrir la puerta, encontré mi sala llena de cajas sucias, cobijas manchadas y una carreola vieja atravesada en el pasillo.
Paola estaba sentada en mi sillón blanco como si fuera la dueña, acariciándose la panza.
Teresa gritaba desde la cocina:
—Quiten esas decoraciones de niña. Ya no sirven.
Entonces escuché a Camila llorar detrás de la puerta del baño.
Y cuando vi la bolsa negra de basura llena con su ropa, no podía creer lo que estaba a punto de pasar…