PARTE 2
“¿Qué estupideces está diciendo, doctor? ¡Esa escuincla de la calle casi mata a mi hijo!”, reclamó Roberto, inflándose de prepotencia. Camila se aferró fuertemente al brazo de su prometido, sudando frío. “¡Cállese la maldita boca y escuche bien, señor Castillo!”, estalló el médico con furia, perdiendo cualquier respeto por los millones del empresario. “Su hijo acaba de sufrir un choque anafiláctico de grado 4 por una picadura.”
“Se estaba ahogando. Su garganta se cerró por completo. Pero lo que verdaderamente casi lo mata hoy fue una deshidratación brutal y un agotamiento físico extremo.” Roberto frunció el ceño, sintiéndose totalmente desconcertado. “¿De qué carajos habla? Él tiene 3 niñeras exclusivas, seguridad privada, toma agua importada. ¡No le falta absolutamente nada!”. El experimentado doctor soltó una carcajada cargada de un sarcasmo amargo y muy doloroso.
“¡Le falta todo en la vida! Esa niña mugrosa que usted acaba de mandar esposar como a un animal, corrió más de 2 kilómetros con su hijo a cuestas. Tiene todos los vasos sanguíneos de los brazos rotos por la extrema presión de no soltarlo. Si lo hubiera soltado en el pavimento 1 minuto más para descansar, Santi estaría muerto por asfixia en plena calle.” El silencio en la sala cayó como un bloque de plomo.
Camila desvió la mirada rápidamente hacia el suelo, mordiéndose el labio. “Y eso no es ni de cerca lo peor”, continuó el médico implacable, arrojando la pequeña bolsa de plástico sobre una silla. “Le tuvimos que abrir los dedos a la fuerza para sacarle esto a su hijo de los puños. No lo soltaba.” Dentro del plástico había un pedazo de bolillo tieso con moho verde y una fotografía vieja de la difunta esposa de Roberto.
“Su hijo guardaba pan echado a perder en la bolsa porque tiene anemia crónica y un terror absoluto de pedir comida en su propia casa”, sentenció el doctor mirándolos con asco. “Esa niña de la calle tuvo mil veces más humanidad que ustedes dos juntos.” La culpa partió a Roberto en 2 mitades exactas. En ese mismo instante, una enorme camioneta negra de seguridad privada frenó quemando llantas frente a la entrada del hospital.
El jefe de guardias del parque residencial de súper lujo bajó corriendo a toda prisa con una tablet grande en la mano. “¡Señor Castillo, capitán, tiene que ver las cámaras de seguridad del parque ahora mismo!”. Roberto le arrebató la pantalla. El video en alta definición mostró a Santi retorciéndose de dolor en el pasto, agarrándose la garganta desesperado. A solo 10 metros de distancia, Camila estaba cómodamente parada bajo un árbol.
No estaba pidiendo ningún tipo de ayuda. Estaba riéndose a carcajadas por una videollamada en su celular y tomando agua mineral. El niño le estiró la manita temblorosa asfixiándose lentamente. Camila lo miró de reojo molesta, le hizo un grosero gesto de fastidio con la mano para que no interrumpiera su importante llamada, y se dio la media vuelta alejándose tranquilamente. Segundos después de esa crueldad, apareció Luz corriendo en el encuadre.