PARTE 2
La pequeña bodega del jardín apestaba a tierra húmeda, fertilizante químico y madera podrida. En 1 esquina, bajo la luz mortecina, descansaba el miserable catre de lona que Diego había tenido el descaro de catalogar como cómodo. Esparcidas por el suelo de cemento estaban las 5 bolsas de plástico que contenían la ropa de Mariana. Al ver sus pertenencias tratadas como auténtica basura, cualquier otra persona se habría derrumbado. Pero ella no.
Se sentó lentamente sobre 1 pesada caja de herramientas metálica, abrió su laptop de alta gama y respiró profundamente, dejando que el aire helado de la noche purificara sus pensamientos. A través de la sucia ventanilla de la bodega, podía observar la terraza iluminada. Doña Teresa estaba de pie, alzando 1 copa de cristal cortado que le había costado a Mariana 150 dólares.
“¡Por la familia unida y por esta nueva casa!”, gritó la suegra, provocando el estallido de aplausos de los 20 parientes presentes. Diego, el hombre que le había jurado amor y protección en el altar, chocaba su botella de cerveza celebrando que habían desterrado a su propia esposa.
Mariana no derramó ni 1 sola lágrima. Había llorado demasiado durante los últimos 3 años de matrimonio. Lloró cuando Diego abandonó su supuesta empresa para vivir cómodamente del sueldo de ella. Lloró cuando Doña Teresa la tachó de controladora por negarse a financiar 1 viaje a Cancún para 15 miembros de su familia. Lloró cuando Diego le decía que era 1 mujer fría solo porque ponía límites a sus abusos económicos. Pero esa noche, la tristeza había muerto. Solo quedaba 1 fría y calculadora sed de justicia.
Lo que Diego y su familia de vividores ignoraban era que esa villa en Valle de Bravo no era 1 casa convencional. Mariana, siendo experta en ciberseguridad, había diseñado e instalado 1 sistema domótico de nivel militar. Todo el inmueble funcionaba con acceso cifrado: cerraduras electrónicas, cámaras de vigilancia de 360 grados, iluminación inteligente y climatización. Diego solía presumir toda esta tecnología frente a sus amigos, pero su ignorancia le impedía comprender que Mariana era la única administradora maestra del servidor.
Sus dedos comenzaron a volar sobre el teclado. Primero, interceptó el sistema de audio. La música a todo volumen se cortó de tajo, dejando 1 silencio sepulcral. Mariana observó por la ventana cómo los invitados se miraban unos a otros, golpeando inútilmente las bocinas.
Inmediatamente después, ejecutó el protocolo de seguridad nocturno. Las pesadas puertas de cristal blindado de la entrada principal y las salidas al jardín se bloquearon con 1 chasquido metálico unísono. Segundos más tarde, manipuló los termostatos de las 4 zonas de la casa. Bajó la temperatura drásticamente hasta los 8 grados Celsius. Los ductos de aire acondicionado comenzaron a expulsar ráfagas de aire helado. No buscaba lastimarlos físicamente, sino hacerles sentir en carne propia la incomodidad, el frío y el rechazo que ellos habían intentado imponerle al desterrarla de su propio hogar.
A los pocos minutos, Doña Teresa apareció en el ventanal de la terraza, abrazándose a sí misma por el frío. Empezó a golpear el vidrio con desesperación.
“¡Diego! ¡Abre esta puerta! ¡Nos estamos congelando aquí adentro!”, gritaba la mujer mayor.
Diego se acercó y tiró de la manija con todas sus fuerzas. Nada. Corrió hacia el panel táctil de la pared e intentó ingresar el código de 4 dígitos que usaba siempre. La pantalla simplemente mostró 1 enorme candado rojo parpadeante.
A través de 1 altavoz externo oculto en el jardín, Mariana escuchó cómo la voz de su esposo cambiaba de la arrogancia al pánico. “Mariana… Mariana, ¿qué hiciste? ¡Abre la puerta ya!”.
Pero Mariana no prestaba atención a sus súplicas. Sus ojos estaban fijos en la pantalla de su computadora, donde había ingresado al portal bancario. La cuenta mancomunada que compartían tenía exactamente 3.450.000 pesos. Era dinero que Mariana había depositado para los gastos de la villa y para financiar los supuestos proyectos de inversión de Diego, proyectos que nunca existieron. Con 3 clics precisos, transfirió cada centavo a su cuenta empresarial privada. Esa cuenta estaba blindada por el acuerdo prenupcial que Diego había firmado 3 años atrás, entre burlas, diciéndole que solo las mujeres inseguras pensaban en el divorcio antes de casarse.
Tras vaciar la cuenta, procedió a bloquear todas las tarjetas a nombre de Diego. La de crédito platino, la tarjeta de gasolina, la de gastos médicos. Canceló absolutamente todo. Él estaba financieramente muerto.
Dentro de la mansión, las risas se habían transformado en 1 caos de gritos. Los 8 niños lloraban aterrados por el frío. Los primos exigían cobijas que no podían alcanzar porque los clósets electrónicos también estaban sellados. Doña Teresa chillaba histérica llamando loca a su nuera.
Exactamente a las 3:17 de la madrugada, Mariana redactó 1 correo electrónico cifrado dirigido a su abogada. Adjuntó los registros de las cámaras de seguridad que mostraban a los intrusos husmeando en sus pertenencias, fotografías de su ropa en la basura, y el archivo de audio nítido donde Diego la humillaba y le ordenaba dormir en la bodega.
Las horas pasaron. A las 6:00 de la mañana en punto, los primeros rayos del sol iluminaron el jardín. El enorme portón principal de hierro se abrió lentamente. Tres patrullas de la policía municipal entraron despacio por el camino empedrado. Detrás de ellas, 1 imponente camioneta negra de seguridad privada se detuvo frente a la fuente.
Desde su computadora, Mariana desactivó el bloqueo general. Las puertas de la casa se abrieron.
Diego salió tropezando, envuelto en 1 delgada cobija, con el rostro pálido y temblando de frío. Al ver a los 6 oficiales armados y a la abogada Robles bajando de la camioneta negra, el mundo entero se le vino encima. En ese devastador segundo, comprendió por primera vez que aquella mansión jamás le había pertenecido.
Pero el infierno de Diego apenas comenzaba.