Para poner a prueba la lealeza de mi novia, la llevé a la vieja casa de mi madre en un pequeño pueblo de Jalisco. Nunca imaginé que, al conocerla, me entregaría una nota que me llenaría de vergüenza.

Para poner a prueba la lealtad de mi novia, la llevé a la vieja casa de mi madre en un pequeño pueblo de Jalisco.

Nunca imaginé que, al conocerla, ella me entregaría una nota que me llenaría de vergüenza…

Cuando mi camioneta tomó el camino de tierra que llevaba al pequeño pueblo de Jalisco, sentí que mi corazón empezaba a latir más rápido.

La casa de mi madre estaba en medio de campos de maíz que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, una vieja casa de ladrillo que el tiempo había ido desgastando poco a poco.

El techo de lámina corrugada estaba oxidado.

Las paredes, cubiertas con cal, estaban agrietadas y descascaradas.

En el pequeño patio delantero había algunas macetas de barro y cactus viejos, casi sin vida.

Esa era la casa donde crecí.

Y también el lugar que le había ocultado a mi novia durante años.

No porque no quisiera traerla,

sino porque tenía miedo de cómo reaccionaría.

Mi novia se llama Camila.

Creció en Guadalajara, rodeada de vida, cafés de moda y departamentos luminosos.

Este lugar… era un mundo completamente distinto.

Cuando bajamos de la camioneta y caminamos hacia la casa, Camila permaneció en silencio.

Pensé que estaba incómoda… pero de pronto sonrió.