Entonces confesé la verdad.
—Te traje aquí para ponerte a prueba.
Ella sonrió.
—Lo sé.
Hasta mi madre lo sabía.
Sentí todavía más vergüenza.
Camila tomó mi mano.
—No me molestó… pero sí me entristeció.
El silencio llenó la casa.
—¿Sabes qué pensé cuando vi este lugar? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—Que podríamos ser felices aquí.
Bajé la mirada.
—He sido un idiota.
—Bastante —respondió ella, riéndose.
Respiré hondo.
—Déjame hacer algo… construir un techo nuevo.
—Eso me gusta.
Mi madre volvió con café y nos observó con curiosidad.
Camila la abrazó.
—Gracias por criar a un buen hombre.
—Gracias por recordarle quién es —respondió mi madre.
En ese momento lo entendí todo.
El que estaba siendo puesto a prueba… era yo.
Saqué un anillo y me arrodillé.
—Creo que tú ya pasaste la prueba.
—Eres un tonto —dijo entre lágrimas—. Pero eres mi tonto.
—Entonces…?
—Sí.
Mi madre lloró de alegría.
Y por primera vez en muchos años,
esa vieja casa en medio del campo
se sintió como el lugar más rico del mundo.