PARTE 2

Isabel fue acusada de robo. La echaron de la mansión embarazada y amenazada. La madre de Matteo intentó huir con las pruebas restantes, pero murió en un accidente provocado.

Matteo pasó a la siguiente fotografía. En ella aparecía su padre junto al padre de Valeria, firmando papeles en el sótano de la mansión. Detrás, apenas visible, una joven Valeria de unos quince años observaba desde la escalera.

—Tú lo sabías —dijo Matteo, sin levantar la voz.

Valeria retrocedió un paso.

—Yo era una niña.

—Pero no lo olvidaste.

Ella apretó la mandíbula.

—Mi familia hizo lo necesario para sobrevivir. Igual que la tuya.

Elena empezó a llorar en silencio.

—Mi madre vivió escondida toda su vida. Me crió limpiando casas, cambiando de ciudad, diciéndome que jamás confiara en los Santoro. Pero antes de morir me entregó la medalla y me dijo que aquí estaba la verdad. Yo vine solo para encontrarla. No quería venganza. Solo quería saber por qué nos habían destruido.

Matteo cerró los ojos.

Durante años se creyó heredero de una corona de poder. Ahora descubría que también era heredero de una deuda.

Valeria, acorralada, perdió la máscara.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Romper nuestro compromiso por una criada? ¿Por una muerta? Mi padre tiene jueces, bancos, senadores. Sin los Beaumont, tus negocios caerán.

Matteo la miró con una calma que helaba.

—Mis negocios ya estaban cayendo desde el momento en que acepté casarme con una mentira.

Valeria soltó una carcajada nerviosa.

—No seas dramático. Somos iguales, Matteo. Tú también tienes sangre en las manos.

Él guardó la carta de su madre dentro de su abrigo.

—Sí. Pero hoy decido qué hago con ellas.

Ordenó llevar la caja al despacho. Esa misma noche, convocó a su abogado, a un fiscal federal que le debía un favor antiguo y a dos periodistas de investigación que durante años habían intentado acercarse a la familia Beaumont sin conseguir pruebas. Matteo no era ingenuo: sabía que exponer aquellos documentos también podía salpicar el nombre Santoro. Pero por primera vez en su vida, no pensó en salvar el apellido. Pensó en salvar lo que quedaba de su alma.

Valeria gritó, amenazó, lloró y luego suplicó. Dijo que lo amaba. Dijo que podían arreglarlo. Dijo que todo era pasado. Pero Matteo ya no veía a su prometida. Veía a la muchacha que había arrojado té hirviendo sobre una mujer indefensa porque creía que el mundo le pertenecía.

A medianoche, en el salón principal, Matteo dejó el anillo de compromiso de Valeria sobre la mesa.

—Este matrimonio terminó antes de empezar.

—Te arrepentirás —susurró ella, con los ojos llenos de odio.

—No —respondió él—. Me arrepiento de haber tardado tanto.