La pregunta parecía simple.
Demasiado simple.
—Tal vez pensó que estaban fuera —dije.
—Pero te escribió “estaremos fuera unos días”.
No dijo “ellos”.
No dijo “mamá y papá”.
Dijo “estaremos”.
Sentí que algo frío me bajaba por la espalda.
Saqué el teléfono con dedos torpes y abrí el mensaje.
Ahí estaba.
“¿Puedes pasarte por casa de mamá y papá a recoger el correo? Estaremos fuera unos días.”
Daniel leyó la pantalla sin tocarla.
Luego miró hacia el pasillo donde Kara hablaba con una enfermera.
No dijo nada más.
Y eso me asustó más que cualquier acusación.
Mis padres despertaron al tercer día.
Primero papá.
Confundido, débil, molesto porque no encontraba sus gafas.
Después mamá.
Más lenta.
Más pálida.
Con la voz raspada como papel seco.
Cuando entré en su habitación, me miró como si regresara de un lugar muy lejano.
—Mi niña —susurró.
Me incliné sobre ella y lloré contra su hombro.
Su mano temblorosa subió hasta mi cabello.
—No llores. Vas a mojarme la bata.
Era una broma pequeña.
Una broma de madre.
Y por eso me rompió.
El médico repitió la explicación.
Algo en la comida.
Quizá un producto en mal estado.
Quizá contaminación cruzada.
No podían asegurarlo sin más análisis.
Papá frunció el ceño.
—Comimos lo mismo que otras veces.
Mamá cerró los ojos.
—La sopa estaba amarga.
Todos la miramos.
Kara dejó de mover el pie.
—¿Amarga? —pregunté.
Mamá tragó saliva.
—Sí. Pero pensé que era por la medicina. Tenía la boca rara.
Papá gruñó.
—Yo también lo noté. Tu madre dijo que no fuera dramático.
Por primera vez en días, casi sonreí.
Pero Kara no sonrió.
Se levantó.
—Voy por café.
Daniel la observó salir.
Luego se inclinó hacia mí.
—Necesito enseñarte algo.
Lo dijo bajo.
Sin dramatismo.
Pero mi estómago se cerró.
Esa tarde, cuando Kara se fue a cambiarse de ropa, Daniel me llevó al estacionamiento del hospital.
El cielo estaba gris y bajo.
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